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Un trabajador de Dios

Con la juventud de su alma, ya para siempre enamorada de Dios, Monseñor Escrivá de Balaguer vive ahora en la Casa del Cielo. Y en su tumba romana, la ciudad que amó con ternura por ser la sede de Pedro, se abren a diario rosas rojas como un canto de fe, de amor y de esperanza cierta. Hoy hace un año, al filo del mediodía, el Señor quiso acariciar su corazón. Fue la última de las llamadas divinas —la definitiva— en aquel diálogo de fidelidad a la gracia que fue la vida toda de Monseñor Escrivá de Balaguer. Se marchó, pero no se ha ido, porque así es la paradoja de los que duermen en el Señor. Desde el corazón de Dios, la luz, el amor y la mirada de los santos están más presentes que nunca en nuestras almas de caminantes.

Dios quiso elegir al fundador del Opus Dei para hacer —con proyección de siglos— una siembra de santidad, de paz y de alegría en medio del mundo. Le envió —como un juglar de Dios— para gritar a los hombres que la santidad no es cosa de privilegiados, sino la vocación y el destino común de todos los cristianos. En la oficina o en la fábrica; en la universidad o en el campo; todos —sanos o enfermos, pobres y ricos, jóvenes y personas maduras—, sin abandonar el mundo, ni todo lo humano noble y limpio, han de luchar por ser santos. Y este querer de Dios se ha hecho realidad con sencillez, sin espectáculo, en todos los rincones de la tierra, por la entrega sin condiciones, por el heroísmo cristiano de Monseñor Escrivá de Balaguer, que —lo escribo con emoción porque mi mote preferido es serviam— sólo vivió para servir.

Una de sus fundamentales enseñanzas es que todo trabajo humano honesto, la obra bien hecha, a la que nunca faltan ni el esfuerzo ni el cansancio ni la fatiga, puede convertirse en oración, en una posibilidad de encuentro con Dios, es un medio de santificación y de apostolado en todos los ambientes. Tanto da en este punto que el trabajo sea intelectual o manual. Para Monseñor Escrivá de Balaguer no tiene sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. Delante de Dios —y este era el plano sobrenatural en el que siempre se movía—no hay nunca oficios de poca categoría. Cualquier tarea —por humilde que pueda parecernos—, si se hace bien y por un motivo sobrenatural se llena de la trascendencia divina. «En el mensaje espiritual de Monseñor Escrivá de Balaguer—recordaba hace unos días en la Universidad de Navarra don Álvaro del Portillo, actual presidente general del Opus Dei— el trabajo humano —esa noble actividad que el materialismo trata de convertir en barro que ciega a los hombres y les impide mirar al Cielo— se ha hecho colirio para mirar a Dios, para hablar y amar al Señor en todas las circunstancias de la vida, en todas las cosas».

Movido por la fuerza del Espíritu Santo, que había grabado en su alma la convicción del valor divino del trabajo, Monseñor Escrivá de Balaguer quemó su vida trabajando, sin conocer un descanso. Confesaba con sencillez que no sabía estar sin hacer nada. Trabajaba y trabajaba, exprimía los minutos y los segundos no por una quemazón de activismo, sino persuadido de que el tiempo de amar a Dios en esta vida es siempre breve. «Los que andan en negocios humanos dicen —escribió en Camino— que el tiempo es oro. Me parece poco: para los que andamos en negocios de almas el tiempo es gloria». Entiendo muy bien —porque lo he vivido— que este modo de hablar apareciera —en los comienzos de su predicación, en torno a los años treinta— como una novedad imponente. Lo que abundaba en esos momentos era pensar —por un arrastre de siglos— que el trabajo, sobre todo el manual, era algo vil, un castigo inherente al pecado o un estorbo para la santificación de los hombres. Y entiendo también que en aquellas tertulias con miles de personas, que Monseñor Escrivá de Balaguer tenía en todo el mundo y con todo el mundo, hiciera con frecuencia la señal de la cruz en la frente de tantos estudiantes o intelectuales o dejara en las manos encallecidas de los trabajadores manuales un par de besos, esos besos que suelen quedar reservados para las manos consagradas de los sacerdotes.

El ser y sentirse trabajador, la experiencia del valor redentor del trabajo, daba a Monseñor Escrivá de Balaguer aquel señorío propio de las almas grandes. Trataba de igual modo, con el mismo corazón, con idéntico cariño y delicadeza, a un eminente hombre de ciencia que a una mujer de la limpieza o a un campesino de cortas letras. Su mirada amabilísima para todas las profesiones honestas estuvo siempre unida al fuego que nacía de su alma sacerdotal. Le gustaba repetir que un sacerdote ha de tener, como Cristo, los brazos abiertos para que en ellos tengan cobijo todos los hombres, sin discriminación alguna. Y Monseñor Escrivá de Balaguer fue fuego que encendió en la paz, en la alegría interior, a millares de personas, con la humildad y el trabajo de un borrico de noria.

Juan de Contreras y López de Ayala
Marqués de Lozoya
Artículo publicado en PUEBLO Madrid, 26-VI-76