La primera misa
Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo I. Andrés Vázquez de Prada
Dos semanas antes de la muerte del padre, Josemaría había solicitado recibir el diaconado, por sentirse llamado al estado sacerdotal |172|. Y, poco después, al tiempo de la defunción de don José, el Secretario de Cámara del arzobispado preparaba la requisitoria para Órdenes, que el Vicario Capitular envió con fecha 5 de diciembre a la diócesis de Calahorra-La Calzada. Tanto el párroco de Logroño, don Hilario Loza, como el presbítero castrense don Daniel Alfaro, y otros testigos, hicieron las declaraciones pertinentes sobre la conducta y buena fama del subdiácono. Cumplimentados los papeles, el 20 de diciembre, don Miguel de los Santos confería a Josemaría el Sagrado Orden del Diaconado en la iglesia de San Carlos |173|.
Es muy probable que pasara unos días en Logroño antes de volver al San Carlos a recibir el diaconado, pues Paula Royo recuerda las incidencias que con buen humor le contaba Josemaría sobre la búsqueda de casa en Zaragoza |174|. La situación familiar aconsejaba, evidentemente el traslado. Dentro de unos meses se ordenaría sacerdote, permaneciendo incardinado en Zaragoza; económicamente le era imposible mantener dos casas y, además, se le hacía intolerable estar lejos de los suyos, en las nuevas circunstancias.
La casa que, con carácter provisional, alquiló Josemaría era un tercer piso de una vivienda estrecha y ahogada de la calle Urrea. De allí se trasladaron, semanas más adelante, a un modesto piso de la calle Rufas, nº 11 |175|.
Las relaciones de doña Dolores con algunos parientes de su familia, que no habían sido del todo cordiales hasta ese momento, empeoraron a raíz de la muerte de don José, volviéndose frías y tirantes. Ese brusco cambio se produjo cuando los Escrivá decidieron trasladarse a Zaragoza. No es muy de extrañar la reacción de don Carlos, autoritario y pagado de su preeminencia eclesiástica. No había asistido siquiera a los funerales de su cuñado en Logroño, pero se indignó vivamente al saber que pronto aparecerían los Escrivá en Zaragoza. Según dice Pascual Albás, uno de los sobrinos, los hermanos de doña Dolores pensaron incluso en pasarle una pequeña cantidad, en concepto de pensión, si se quedaba en Logroño. Opinaba también el arcediano que «lo que debía hacer Josemaría era dejar cualquier otro estudio, ordenarse y situarse, y mantener a su madre y hermanos», cuenta Sixta Cermeño |176|.
Quizás existiese, en el fondo, una cuestión de vanidad o de mundana vergüenza, por parte de los tíos, a tener que convivir socialmente con unos parientes venidos a menos. Y, para terminar de envenenarlo, una sobrina que vivía con el arcediano, llamada Manolita, consiguió enemistar definitivamente al tío con el sobrino |177|. Esto ocurrió cuando, a poco de instalarse los Escrivá en Zaragoza, se produjo un grave incidente familiar. Josemaría, acompañado de su hermana Carmen, fue, con la mejor de las intenciones, a visitar al tío Carlos. El arcediano, como primer saludo de bienvenida, les soltó unas frases destempladas y más que groseras. Palabras que, a un buen entendedor, venían, más o menos, a decir:
— «¿Qué demonios habéis venido a hacer en Zaragoza?, ¿airear vuestra pobreza?»
Carmen, sin dignarse dirigirle la palabra, dijo a su hermano:
— «Josemaría, vámonos de aquí que en esta casa no estamos bien vistos».
El arcediano ni se volvió atrás ni dio excusas por unos insultos que equivalían a un bofetón |178|. No se quejó Josemaría del trato recibido. En varias ocasiones intentó acercarse a don Carlos, sin resultado. Solamente los hechos luctuosos de la guerra hicieron olvidar al arcediano los viejos prejuicios. A comienzos de los años cuarenta el sobrino fue a visitar a don Carlos a Zaragoza. «No quería que pensasen —refiere una persona que le acompañaba—, que había guardado algún resentimiento» |179|. Salió contento de la visita; no era él quien había cambiado sino el tío. Los sentimientos de Josemaría para con el hermano de su madre fueron siempre de una excepcional caridad. Cuando recibió noticia de la muerte de don Carlos, se apresuró a escribir unas breves líneas a sus hermanos, Carmen y Santiago, con fecha de 6-I-1948:
He sabido la muerte de D. Carlos: os pido que ofrezcáis sufragios por su alma; puesto que se portó tan mal con mamá y con nosotros, entiendo que estamos más obligados a encomendarle. Si lo hacéis así, daréis gusto a Dios nuestro Señor, y yo os lo agradeceré |180|.
(La noticia era, sin embargo, equivocada. Su tío moriría dos años más tarde).
* * *
La familia, se hizo a la nueva vida sin lamentaciones. Los parientes mejor acomodados no les prestaron ninguna ayuda. A poco de trasladarse a la calle Rufas, un sobrino de doña Dolores, que trabajaba en la sucursal de un banco, se fue a hospedar con ellos, lo que supuso un tanto de alivio económico, pues pagaba treinta duros al mes como pensión |181|.
Sus obligaciones como Inspector, y la asistencia a los oficios de la iglesia de San Carlos como diácono, retenían a Josemaría fuera del hogar. Del ejercicio de su diaconado le quedaron impresas emociones indelebles. Era tal el ansia con que había esperado esos momentos, tan grande era el respeto a Jesús Sacramentado que, al tocar la Sagrada Forma, le temblaban las manos y hasta el cuerpo entero. La primera vez que le ocurrió esto fue en una Exposición solemne, al tener que colocar el viril en la custodia. Entonces pidió interiormente al Señor que nunca se acostumbrase a tratarle. Hasta el final de su vida perduró el impacto de aquel dichoso encuentro; y en 1974 confesaba que todavía le temblaban a veces las manos, como la vez primera |182|. En San Carlos impartía la comunión a los fieles, entre ellos a su madre:
En esta casa de San Carlos he recibido yo la formación sacerdotal —comentaría años después—. Aquí, en este altar, yo me acerqué tembloroso para coger la forma sagrada y dar por primera vez la Comunión a mi madre. No imagináis... Voy de emoción en emoción |183|.
Soñando con su sacerdocio se le hacían largas las fechas. Solamente tenía veintitrés años, por lo que tuvo que solicitar dispensa pontificia por defecto de edad canónica. El 20 de febrero de 1925 le llegó la respuesta positiva de Roma |184|; y el 4 de marzo elevó instancia al Vicario Capitular, en la que exponía:
Que deseando recibir el Sagrado Orden del Presbiterado, en las próximas Témporas de la quinta semana de Cuaresma, por sentirse llamado por Dios al estado sacerdotal
Suplica a V.S. Ilma. se digne concederle las oportunas letras dimisorias, previos los requisitos exigidos por los Sagrados cánones |185|.
La tramitación se hizo de acuerdo con los requisitos canónicos y con cierta urgencia, pues el Sábado de Témporas caía ese año el 28 de marzo. Los documentos del expediente comienzan con el examen de suficiencia en el Real Seminario de San Carlos, la carta requisitoria del Vicario a la diócesis de Calahorra, las amonestaciones públicas en Logroño, y la respuesta del párroco de Santiago el Real, completada con cuatro informaciones bajo juramento, dictaminando que «don José María Escrivá Albás es digno de ser admitido a lo que pretende». Este último documento, datado en Logroño el 23 de marzo, se expedía luego a Calahorra, desde donde, aprobadas las diligencias, se devolvieron los papeles a la Secretaría de Cámara y Gobierno del Arzobispado de Zaragoza |186|.
El Sábado de Témporas, 28 de marzo de 1925, se celebró en la iglesia de San Carlos la ceremonia de la ordenación sacerdotal, confiriéndole el presbiterado don Miguel de los Santos Díaz Gómara |187|.
El ordenado siguió con los cinco sentidos las ceremonias litúrgicas: la unción de las manos, la traditio instrumentorum, las palabras de la consagración... Emocionado y confuso ante la bondad del Señor, tuvo en nada las dificultades pasadas desde el día de su llamamiento, dando gracias como un tierno enamorado |188|.
Hizo los preparativos de su primera Misa. No cabía calificarla de solemne; iba a ser una misa rezada, el lunes de la Semana de Pasión, con ornamentos morados y ofrecida en sufragio por su padre. El recién ordenado envió recordatorios a muy pocas personas, a causa del luto. Celebrarían la fiesta en la intimidad. Unas estampas de Nuestra Señora llevaban impreso por detrás el texto del recordatorio:
«El Presbítero
José María Escrivá y Albás
celebrará su primera Misa en la Santa y Angélica Capilla del Pilar de Zaragoza, el 30 de Marzo de 1925, a las diez y media de la mañana, en sufragio del alma de su padre D. José Escrivá Corzán, que se durmió en el Señor el día 27 de Noviembre de 1924.
A.M.D.G.
Invitación y recuerdo» |189|.
No le había sido fácil conseguir que le cediesen la Santa Capilla; pero su vivo deseo era celebrar allí, en el lugar que visitaba a diario y donde clamaba su Domina, ut sit! Por lo demás, la misa fue más dolorosa de lo que el celebrante podía prever, aunque escondiera la memoria y circunstancias del acto en una frase muy simple: en la Santa capilla ante un puñado de personas, celebré sin ruido mi Primera Misa |190|.
Su hermano Santiago, que contaba seis años, recuerda la sencillez de la ceremonia y la escasa compañía: «fue Misa rezada, a la que asistimos mi madre, mi hermana Carmen, yo y pocos más». Su prima, Sixta Cermeño, hace una relación más explícita:
«Mi marido y yo fuimos los únicos de la familia Albás que, acompañando a su madre, asistimos a aquella Primera Misa [...].
Estábamos la madre de Josemaría —la tía Lola—, su hermana, el chico —que tendría entonces seis años—, nosotros —mi marido y yo—, dos vecinas de Barbastro que se llaman las de Cortés y eran íntimas amigas de su hermana Carmen —tendrían la misma edad que ella— y alguien más que yo no conocía: me parece recordar a dos o tres sacerdotes y posiblemente estarían también algunos amigos de la Universidad o del Seminario. Es difícil decirlo porque es sabido que aquella Capilla del Pilar está siempre llena de gente» |191|.
Con las ausencias de los sacerdotes de la familia de doña Dolores, el corto número de los allí presentes daba impresión de soledad. «Sus tíos Carlos, Vicente y Mariano Albás —refiere Amparo Castillón—, no estuvieron en su primera misa, en 1925, a la que yo asistí y me di cuenta que estaba muy solo» |192|.
El Rector, don José López Sierra, añade que dos sacerdotes amigos de la familia hicieron de padrinos de altar y, movido de patetismo, describe la escena en la Santa Capilla: la madre estaba «hecha un mar de lágrimas, que a veces parecía desmayarse», mientras de rodillas, «sin pestañear siquiera, inmóviles toda la misa, contemplábamos los ademanes sagrados de aquel ángel en la tierra» |193|.
La emoción de doña Dolores, que se había levantado enferma esa mañana, se avivaba al considerar los muchos sacrificios que ella y su marido habían pasado para ver la ceremonia a la que asistía. Este pensamiento debió de cruzar por la mente de su sobrina, Sixta Cermeño, allí presente, cuando dice recordar que, «junto a la intimidad del momento, había una nota triste» y que la madre lloraba, «posiblemente porque recordaba la reciente pérdida de su marido» |194|.
El nuevo presbítero tenía la ilusión filial de que su madre fuese la primera persona que recibiera de sus manos una de las Formas por él consagradas. Se vio privado de esa alegría. Una señora se adelantó a doña Dolores para arrodillarse en el reclinatorio cuando iba a repartir la comunión, por lo que el sacerdote se vio obligado a dar de comulgar primero a esa buena mujer, para evitar un desaire |195|. Acabada la misa hubo un besamanos, los parabienes de costumbre en la sacristía, y la despedida del pequeño grupo de asistentes. De aquella primera misa guardó Josemaría un sabor de sacrificio. Se la imaginaba como una estampa del dolor, con su madre vestida de luto |196|.
Sobre el altar, al celebrar la Santa Misa ejerce el sacerdote su ministerio litúrgico del modo más excelso. Allí se inmola aquella misma Víctima que se ofreció en la Cruz para redimir a toda la humanidad. Josemaría, identificado personal y definitivamente con Cristo en virtud del sacramento del Orden, hizo del Sacrificio Eucarístico el centro de su vida interior. Y, así como la víspera de su primera Comunión había recibido como recordatorio la dolorosa caricia de una quemadura provocada por un descuido del peluquero, así también ahora le quedó impreso en la memoria el sacrificio de una piadosa ilusión: dar de comulgar a su madre, antes que a ninguna otra persona, en su primera misa. El Señor, claramente, le atraía más y más hacia la Cruz con estas pequeñas muestras de predilección.
En el piso de la calle Rufas estaban invitados a comer los sobrinos de doña Dolores, las dos amigas de Carmen venidas de Barbastro y alguna otra persona de confianza. El modesto agasajo combinaba la pobreza y el buen gusto. El ama de casa había preparado un excelente plato de arroz |197|.
Cuando terminaron de comer, el sacerdote se retiró a su cuarto. Le acababan de notificar su primer nombramiento en la carrera eclesiástica. Repasó los sucesos de los últimos meses y los recientes golpes de la jornada. Razón tenía para pensar que el Señor continuaba el consabido martilleo: una en el clavo y ciento en la herradura. Desconsolado y sollozando protestaba filialmente al Señor: ¡Cómo me tratas, cómo me tratas! |198|.
Notas
172. La instancia de Josemaría al Vicario Capitular de Zaragoza dice: Que deseando recibir en las próximas Témporas el Sagrado Orden del Diaconado, por reunir los oportunos requisitos y sentirse llamado al estado sacerdotal, —Suplica a V.S. Ilma. se digne concederle las oportunas letras dimisorias [...]. Zaragoza 11 de Noviembre de 1924 (en el Expediente de Ordenaciones de las Témporas de Adviento de 1924; obra en el Archivo diocesano de Zaragoza).
Hay adjunto, también con fecha 11-XI-1924, un certificado firmado por el Rector del seminario. don José López Sierra, que reza: «Certifico: Que el subdiácono José María Escrivá y Albás ha ejercido el Orden del subdiaconado varias veces en la iglesia del Seminario Sacerdotal de San Carlos» (ibidem). Entre las declaraciones de los testigos sobre la conducta del ordenando está la de «don Daniel Alfaro, presbítero, quien después de ofrecer decir verdad bajo juramento», fue interrogado y dijo que «conoce perfectamente a Don José Mª Escrivá Albás por haberle tratado en Logroño durante las vacaciones que ha pasado en casa de sus padres» (cfr. ibidem).
173. Cfr. Apéndice XI.
174. Dice que probablemente dejaron el piso «a principios de 1925», ya que le parece que pasaron todavía la Navidad del 1924 en Logroño (Paula Royo, AGP, RHF, T-05379, p. 3).
175. José Romeo, AGP, RHF, T-03809, p. 3; Sixta Cermeño, AGP, RHF, T-02856, p. 2.
176. Sixta Cermeño, AGP, RHF, T-02856, p. 1.
Un primo hermano del Fundador, escribe: «Mi tío falleció sin dejar prácticamente nada ya que estaba viviendo de su empleo en Garrigosa, una tienda de Logroño. Tengo entendido de que mis tíos Carlos —canónigo de Zaragoza—, Mariano —también sacerdote que fue fusilado en Barbastro en la guerra—, Vicente —beneficiado en Burgos— y Florencio Albás pensaron en pasarles una cantidad si se quedaban en Logroño: no sé por qué [...] los tíos se molestaron cuando decidieron venirse a Zaragoza, junto a Josemaría, y no les ayudaron nada» (Ángel Camo, AGP, RHF, T-02846, p. 3); «algunos de los tíos se distanciaron a fin de no tener que ayudarles», explica otro primo hermano de Josemaría (cfr. Pascual Albás, AGP, RHF, T-02848, p. 2).
Josemaría «siempre tuvo para su tío D. Carlos Albás sentimientos de comprensión y de caridad cristiana» (Francisco Botella, Sum. 5617).
Mons. Javier Echevarría nos explica que «Don Carlos, que era hombre autoritario, pretendió que su sobrino entrase por los esquemas que él se había forjado, sin conseguirlo» (Javier Echevarría, Sum. 1897).
177. Cfr. Santiago Escrivá de Balaguer y Albás, Sum. 7322.
Francisco Moreno refiere de Josemaría que: «en casa de su tío encontró una actitud de fuerte desconsideración y frialdad para con él y su familia protagonizada de modo particular por la sobrina, su prima» (Francisco Moreno Monforte, AGP, RHF, T-02865, p. 6).
Quizá esta sobrina, llamada Manolita, temiese perder el influjo sobre el tío a la hora de hacer testamento. En opinión de Josemaría, es probable que Manolita fuese más responsable de esa actitud que el mismo don Carlos (Álvaro del Portillo, Sum. 188).
178. Álvaro del Portillo, Sum. 187; Javier Echevarría, Sum. 1897.
179. Cfr. Javier de Ayala, AGP, RHF, T-15712, p. 4. Cuando amenazaba el peligro de que el Estado suprimiera la contribución para el culto y clero, don Josemaría anotó con fecha de 17 de octubre de 1931: He dicho a mamá y a mis hermanos que, si quitan al canónigo arcediano de Zaragoza y a su hermano la paga, yo les escribiré afectuosamente, ofreciéndome de verdad. Hay que volver bien por mal (Apuntes, n. 336; cfr. también Álvaro del Portillo, Sum. 188; y Santiago Escrivá de Balaguer y Albás, Sum. 7322).
180. C 1325, 6-I-48; cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 188. Don Carlos Albás murió, en realidad, dos años después, el 1 de febrero de 1950 (cfr. AGP, RHF D-15243).
181. Ángel Camo, AGP, RHF, T-02846, p. 2.
182. Contaba el Fundador en noviembre de 1970 cómo un día, en el lavabo, al celebrar misa, le temblaban las manos al pensar que pronto tocaría la Hostia Consagrada. Se acordó de cuando por primera vez tocó al Señor en una Exposición eucarística, y le salieron de dentro palabras de enamorado: Señor, que no me acostumbre a estar cerca de Ti; que te quiera como aquella vez, cuando Te toqué temblando por la fe y el amor (cfr. Artículos del Postulador, n. 355; Umberto Farri, Sum. 3337). Cfr. también: Ernesto Juliá, Sum. 4184; Joaquín Alonso, Sum. 4597.
183. Florencio Sánchez Bella, AGP, RHF, T-08250, p. 2.
184. Cfr. Documento de la Sacra Congregatio De Sacramentis del 20 de febrero de 1925, protocolo N. 871 (incluido en el Expediente para el Presbiterado: cfr. AGP, RHF, D-03263).
Se solicitaba una dispensa de diez meses. En la respuesta de la Sagrada Congregación se dejaba la concesión a discreción del Ordinario ut pro suo arbitrio et conscientia dispensationem largiatur (cfr. ibidem).
185. Cfr. Expediente para el Presbiterado, Témporas de Cuaresma, 1925; Archivo Diocesano de Zaragoza.
Las "Letras dimisorias" se solicitan del Vicario Capitular porque la Archidiócesis está aún en situación de sede vacante.
Hay en dicho Expediente, con fecha 4-III-1925: un certificado que firma el Rector, don José López Sierra, declarando que «el Diácono Don José María Escrivá y Albás ha ejercido solemnemente su ministerio en la iglesia de San Carlos»; y otro, firmado por el ordenando, en que certifica que desde que recibió el Sagrado Orden del Diaconado, día 20 de Diciembre de 1924, solamente ha residido en el Seminario de San Francisco de Paula de Zaragoza.
Con fecha 5 de marzo va también adjunto al Expediente otro certificado, manuscrito por el ordenando, pero firmado por don José López Sierra, exponiendo que el Inspector, «desde la última ordenación, ha recibido los Santos Sacramentos con la debida frecuencia y la Sagrada Comunión diariamente, como es propio de un aspirante al sacerdocio».
186. Cfr. ibidem.
187. Cfr. Apéndice XI.
188. Cfr. Javier Echevarría, Sum. 1903; Francisco Botella, PM, f. 211; José Luis Múzquiz, PM, f. 351v.
Durante toda su vida encomendó a los diáconos que con él recibieron el presbiterado (cfr. Javier Echevarría, Sum. 1904); otro de los testigos declara: «tenía un particular afecto a los condiscípulos del seminario de San Francisco de Paula. El año 1975 celebró su promoción las Bodas de Oro sacerdotales y lo recordaron con verdadero cariño; y el Siervo de Dios me mandó que me asociase, en su nombre, a la ceremonia y que tuviese con ellos alguna atención» (Florencio Sánchez Bella, Sum. 7480).
Habiéndole preguntado en una ocasión sobre sus recuerdos de aquel día, contestaba a esa persona: Mira, hijo mío: no recuerdo ninguna cosa que os pueda contar ahora. Pero faltaría a la verdad si no dijese que recuerdo mucho de aquellos momentos; pienso que todo (citado por Álvaro del Portillo, PR, p. 283).
189. La estampa recordatorio: cfr. AGP, RHF, D-15285.
Sobre el carácter familiar de esa fiesta: José López Sierra, AGP, RHF, D-03306; Martín Sambeat, AGP, RHF, T-03242, p. 3.
190. "Recuerdos del Pilar", ob. cit., p. 67.
191. Santiago Escrivá de Balaguer y Albás, Sum. 7322; Sixta Cermeño, AGP, RHF, T-02856, p. 1; sobre otras personas presentes: familia del profesor Moneva (cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 194).
192. Amparo Castillón, AGP, RHF, D-15285, p. 1.
193. José López Sierra, AGP, RHF, D-03306.
194. Sixta Cermeño, AGP, RHF, T-02856, p. 2.
195. Álvaro del Portillo, Sum. 194; Javier Echevarría, Sum. 1905; Umberto Farri, PR, p. 29.
196. Encarnación Ortega, PM, f. 32v.
197. Sixta Cermeño, AGP, RHF, T-02856, p. 2.
198. Manuel Botas Cuervo, AGP, RHF, T-08253, p. 59.