Unas pisadas en la nieve
Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo I. Andrés Vázquez de Prada
La intervención divina en su existencia se había producido, hasta entonces, calladamente, y las duras lecciones recibidas habían sido sacadas de dolorosos acontecimientos familiares. Y ahora, Dios, como jugando y sin manifestarse de un modo patente, le salía al encuentro con unas pequeñeces que para una persona de espíritu indiferente carecerían de mayor trascendencia. En cambio, para un alma sencilla, atenta al roce de la gracia, esos minúsculos sucesos serían muestras tangibles de divino afecto. Así mantuvo el Señor despierta el alma del muchacho:
El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de este estilo, que me removieron y me llevaron a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión... y a la penitencia |67|.
En casa de los Escrivá se rezaba el rosario diariamente; y no se habían interrumpido las tradicionales devociones de Barbastro. Frecuentaban la parroquia de Santiago el Real, cuyo párroco, don Hilario Loza, conocía bien a toda la familia. Allí acudía el muchacho a confesarse y comulgar, aunque los domingos y días festivos, durante el curso, oía misa en el colegio de San Antonio. Don José continuaba favoreciendo con sus limosnas a los pobres, sobre todo a una comunidad de Hijas de la Caridad, que de cuando en cuando dejaban en su casa una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, encerrada en una urna |68|. La pequeña estatua se encomendaba así, por turno, a la devoción de las familias.
Otra de las iglesias que solían visitar los Escrivá era la de Santa María de la Redonda. Al salir de su casa y llegar al cruce con la calle del Mercado, tirando a mano izquierda, se iba a dar a la plaza de la Constitución, donde se alzaba la iglesia, el más bello monumento de la ciudad. Su portada formaba una gran hornacina, cerrada en semicúpula entre las dos torres de los flancos. El nicho, como una gigantesca concha labrada en espléndido barroco, servía de dosel al penetrar en el templo.
Su párroco era don Antolín Oñate, muy buen amigo de don José y la máxima autoridad eclesiástica de la ciudad, porque era abad de la Colegiata de Santa María de la Redonda y arcipreste de las tres parroquias logroñesas |69|.
Logroño pertenecía a la vieja diócesis de Calahorra y la Calzada, pues no se había llevado a cabo la estructuración de territorios eclesiásticos prevista en el Concordato de 1851 entre el gobierno español y la Santa Sede. En virtud del Concordato, Logroño pasaría a ser cabeza de diócesis. Se resistieron a ello las autoridades eclesiásticas; y, por su parte, tampoco cedió el gobierno, de modo que se creó un largo período de vacante episcopal (de 1892 a 1927). La Santa Sede, pues, hubo de nombrar Administradores Apostólicos, con residencia en Calahorra. De 1911 a 1921 regía la diócesis don Juan Plaza García, Obispo titular de Hippo |70|. La clerecía logroñesa, prescindiendo de las parroquias, se componía de los canónigos y beneficiados de la Redonda, capellanes del hospital y del asilo, profesores del seminario y capellanes castrenses |71|. Entre las comunidades religiosas estaban los Hermanos Maristas, que llevaban el colegio de San José; los Jesuitas, que tenían a su cargo la iglesia de San Bartolomé; y varias comunidades femeninas: Carmelitas descalzas, Agustinas, Religiosas de la Madre de Dios, Hijas de la Caridad, Adoratrices, Siervas de Jesús...
Tal era la situación en el otoño de 1917, antes de que las Carmelitas descalzas hubieran aprobado, por acta capitular del 23 de octubre, la venida de dos padres carmelitas para atender el convento |72|. El primero de ellos, el padre Juan Vicente de Jesús María, se presentó en Logroño el 11 de diciembre; y, a los pocos días, el padre José Miguel de la Virgen del Carmen, que, junto con el hermano Pantaleón, constituían la comunidad encargada de la iglesia del convento. El acto inaugural de sus servicios pastorales y litúrgicos se celebró el 19 de diciembre, en una función solemne. El tiempo no fue muy a propósito para dar brillantez a la ceremonia. Desde principios de mes las nubes venían descargando sobre Logroño aguas y nieves. Pero aunque el martes, 18 de diciembre, se derritió gran cantidad de nieve, el frío de esa noche congeló las aguas del deshielo. Los fieles que asistieron a la solemne inauguración de la nueva etapa de los carmelitas tuvieron que arriesgarse a resbalones y caídas. Les predicó el padre Juan Vicente, que «saludó emocionado a la ciudad y les ofreció los servicios espirituales de la nueva comunidad carmelitana» |73|.
Siguieron días muy crudos, de cielos revueltos e intensísimo frío en toda La Rioja. Desde el viernes 28 estuvo nevando sin interrupción; durante dos días cayeron copos menudos y compactos. Entró el Nuevo Año con temperaturas glaciales. Bajó el termómetro quince grados bajo cero. Se interrumpieron las comunicaciones. Cerraron los puestos del mercado. Y varias personas murieron de frío.
A partir del 3 de enero, los barrenderos de la brigada municipal, reforzada con un centenar de jornaleros contratados por el Ayuntamiento, se dedicaron durante varios días a quitar la nieve de las calles y aceras. El miércoles, 9 de enero, cumpleaños de Josemaría, habían terminado su trabajo, facilitado por las lluvias de la víspera. Pero volvieron los fríos y el temporal de nieves se prolongó otra semana |74|.
Entre tanto, el Señor se había adelantado al cumpleaños de Josemaría con una sorpresa que varió el curso de su vida. Una mañana de esas vacaciones navideñas vio en la calle las huellas que habían dejado en la nieve unos pies descalzos. Se paró a examinar con curiosidad la blanca impronta marcada por la pisada desnuda de un fraile y, conmovido en la raíz del alma, se preguntó: Si otros hacen tantos sacrificios por Dios y por el prójimo, ¿no voy a ser yo capaz de ofrecerle algo? |75|.
Las pisadas en la nieve eran del padre José Miguel. Tomando, pues, aquella blanca ruta, el muchacho se fue al carmelita, en busca de dirección espiritual. Llevaba ya, metida muy dentro, "un inquietud divina", que renovó su interior con una vida de piedad más intensa, en la práctica de la oración, de la mortificación y de la comunión diaria |76|. Cuando apenas era yo adolescente —nos dirá— arrojó el Señor en mi corazón una semilla encendida en amor |77|.
Tan tajante cambio no fue más que el breve preludio a mayores exigencias por parte del Señor:
comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor [...]. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera... De paso me daba cuenta de que no servía, y hacía esa letanía, que no es de falsa humildad, sino de conocimiento propio: no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no soy nada, no sé nada... |78|.
Aquella ardiente semilla plantada en su corazón le quemaba por dentro, y al mismo tiempo le dejaba a oscuras. Con la luz de la gracia el Señor le hacía darse cuenta de su elección, pero no con claridad deslumbrante sino en penumbra, como entre tinieblas.
Pasaron unos tres meses. El p. José Miguel, ante las disposiciones de aquella alma, le sugirió que ingresara en la Orden del Carmen |79|. Llevó el muchacho la propuesta a su oración, y pidió luces al cielo para descubrir el velado contenido de la misteriosa llamada que resonaba dentro de su corazón.
Echando una mirada atrás, comprendió que, desde la mañana misma en que vio las huellas sobre la nieve, alguien le conducía directamente hacia el Amor |80|. El Señor le había ido preparando. El Señor había hecho nacer en su alma una "inquietud divina". De manera que, al encontrarse con las pisadas cuajadas en lo blanco, al descubrir que eran de un religioso, reconoció en ellas las huellas de Cristo y una invitación a seguirle. En este gesto mudo, impreso en la blancura, supo ver el muchacho una llamada. E inmediatamente, con el espíritu de generosidad que llevaba dentro de sí, se sintió impulsado a plantearse allí mismo, sin dejarlo para luego, el ofrecimiento de su persona.
Durante las semanas que siguieron hasta el día en que el carmelita le invitó a ingresar en su Orden, Josemaría había dado un fuerte viraje interior. ¿Cómo es posible que un hecho tan nimio le empujase a empeñar toda su voluntad en el deseo firme de ofrecer sus facultades al Señor, sin saber en detalle a qué se comprometía? La desproporción entre aquel delicado suceso, "aparentemente inocente", y la pronta y recia reacción del muchacho, refleja la calidad de su temperamento, vehemente y noble; y su gran capacidad de amor. Aquella alfombra de nieve pronto se convirtió en barrizal. Pero Josemaría continuaba firme en su determinación, sin echarse atrás ni variar la respuesta; perseverante. En esas cortas semanas, la generosidad a la gracia fue agrandando la herida de amor del adolescente.
Había entrado ya la primavera. Dentro de un par de meses, terminadas las clases, vendrían los exámenes y Josemaría sería bachiller. En tales circunstancias se vio obligado a decidirse. Pensó en las dificultades que una estricta vinculación religiosa supondría para cumplir los planes divinos que barruntaba. Si renunciaba a hacer una carrera civil y se metía a religioso, ¿le sería posible ayudar económicamente a sus padres? La vida conventual no le atraía, ni calmaba su secreta inquietud la idea de hacerse religioso. Además, el día que oyese la respuesta a ese algo que Dios le pedía y que bullía en su alma, ¿no tendría que encontrarse libre, sin ataduras? |81|. Tomó, pues una pronta resolución: hacerse sacerdote y estar así disponible para lo que viniere. Después comunicó la resolución al padre José Miguel y dejó la dirección espiritual del carmelita |82|.
¿Quién le iba a decir que todo arrancó del fortuito encuentro con las pisadas de unos frailes descalzos? Pero, no; el encuentro nada tenía de casual, como bien sabía Josemaría. Era un favor divino. Por eso, la entrega del muchacho había sido de total desprendimiento, sin pedir de antemano pruebas ni señales extraordinarias. Y enseguida comenzó a recibir un chaparrón de gracias que, en breve tiempo, pusieron su alma en condiciones de patente madurez, a juzgar por la propuesta que le hizo su director espiritual.
No era, sin embargo, el camino de los religiosos lo que Dios le pedía. Lo vio pronto y con claridad; y así se lo dijo al carmelita. Después, con una generosidad increíble, y con una fe gigantesca, no a remolque de la gracia sino, por decirlo de algún modo, sacando, aparentemente, la delantera al Señor, decidió hacerse sacerdote. Era un paso heroico, una respuesta extremosa, que nadie le había invitado expresamente a dar. Ni se escudó tampoco en el descubrimiento de que no se le llamaba a una vida conventual. Escogió el sacerdocio como base para alcanzar un ideal; como el medio más apropiado, en sus circunstancias personales, para identificarse con Cristo, en espera de una respuesta que barruntaba, pero que no veía. Al Señor tocaba ahora el nuevo envite, que el futuro sacerdote no podía adivinar. A partir de entonces, desde la oscuridad de su fe, como el ciego de Jericó, Josemaría clamaría al Señor con ansias de que le manifestase su Voluntad. Tenía el firme presentimiento de que se toparía con la aventura de su existencia.
Durante años, a partir del primero de mi vocación en Logroño —escribía en 1931—, tuve, por jaculatoria, siempre en mis labios: Domine, ut videam! Sin saber para qué, yo estaba persuadido de que Dios me quería para algo. Así estoy seguro de haberlo manifestado alguna o algunas veces a tía Cruz (Sor Mª de Jesús Crucificado) en cartas que le envié a su convento de Huesca. La primera vez que medité el pasaje de San Marcos del ciego a quien dio vista Jesús, cuando aquel contestó, al "qué quieres que te haga" de Cristo, "Rabboni, ut videam", se me quedó esta frase muy grabada. Y, a pesar de que muchos (como al ciego) me decían que callara [...], decía y escribía, sin saber por qué: ut videam!, Domine, ut videam! Y otras veces: ut sit! Que vea Señor, que vea. Que sea |83|.
Una vez afianzado en su decisión de abrazar el sacerdocio, fue a comunicárselo a su padre. El mismo nos cuenta la reacción de don José:
Y mi padre me respondió:
—Pero, hijo mío, ¿te das cuenta de que no vas a tener un cariño en la tierra, un cariño humano?
Mi padre se equivocaba. Se dio cuenta después.
—...No vas a tener una casa —¡se equivocaba!—; pero yo no me opondré.
Y se le saltaron dos lágrimas; es la única vez que he visto llorar a mi padre.
—No me opondré; además, te voy a presentar a una persona que te pueda orientar |84|.
En aquel instante cruzó su mente un pensamiento: ¿y las obligaciones de justicia para con sus padres? Por ser el único varón de la familia le correspondía sacarla adelante el día de mañana, que no estaba tan lejos, porque la edad de sus padres era un tanto avanzada y estaban trabajados por la vida; y doña Dolores hacía diez años que no había vuelto a tener hijos. En ese momento, sin pararse en consideraciones, Josemaría, con la confianza que da la mucha fe, y con la conciencia de haber entregado todo lo que el Señor le exigía, pidió que tuvieran sus padres un hijo varón, para que le sustituyera. Sin más, y dándolo por hecho, no volvió a preocuparse de esa petición |85|.
* * *
Era ya el mes de mayo. La noticia de que iba a hacerse sacerdote corría entre las amistades y conocidos. Don Antolín Oñate, el arcipreste, la acogió con alegría. Por deseo del padre, mantuvo una entrevista con el muchacho y pudo confirmar a don José la vocación de su hijo |86|. También se lo comunicó así don Albino Pajares, otro sacerdote al que Josemaría fue a consultar, por indicación de su padre |87|. A todos los conocidos de la familia les cogía de sorpresa la noticia: «sus padres —refiere Paula Royo— lo comentaron a los míos asombrados, pero en ningún momento le pusieron dificultades. No nos esperábamos que quisiera ser sacerdote» |88|.
Josemaría frecuentaba por entonces Santa María la Redonda, donde acudía a oír misa. Hacía prolongada oración y se confesaba con don Ciriaco Garrido, canónigo penitenciario de la Colegiata. Don Ciriaco era un sacerdote que andaba tan escaso de cuerpo como sobrado de virtudes. Don "Ciriaquito", como se le llamaba cariñosamente por su corta estatura, fue uno de los primeros que dieron calor a mi incipiente vocación, escribirá Josemaría |89|.
El 28 de mayo terminó sus exámenes. Era ya, por fin, bachiller. Despejada la temida cuestión del ingreso en Arquitectura, el padre aconsejó de nuevo al muchacho que hiciese la carrera de Leyes, compatible con los estudios eclesiásticos, aunque lo primero sería ver el modo de ingresar en el seminario |90|.
NOTAS
67. Meditación del 14-II-1964.
68. Álvaro del Portillo, Sum. 73, 79 y 81; Paula Royo, AGP, RHF, T-05379, p. 2.
69. La autoridad del abad sobre los demás párrocos de Logroño la demuestra el hecho de que los Superiores del seminario de Zaragoza pedirían, en su día, información oficial sobre la conducta del seminarista Josemaría en el verano de 1921 al propio don Antolín, aun cuando la familia perteneciera a la parroquia de Santiago el Real (cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 79).
70. La antiquísima diócesis de Calahorra, que en tiempos romanos pertenecía a la Tarraconense, sufrió diversas vicisitudes en su continuidad histórica. Al reconquistarse Nájera a los musulmanes (s. X), se trasladó a esta ciudad la antigua diócesis de Calahorra; y en Nájera residirían los obispos por más de un siglo a pesar de que Calahorra fuese territorio cristiano desde 1046. Estas tierras fronterizas entre Castilla y Navarra sufren las tensiones políticas creadas por las luchas entre los reinos cristianos, cuyos reyes establecen la sede episcopal ya en Calahorra ya en Santo Domingo de La Calzada. Durante la Baja Edad Media, sin embargo, los obispos residieron en Logroño, aunque la diócesis se conociera con el nombre de Calahorra y La Calzada. En los siglos XVII y XVIII la diócesis va perdiendo importancia; y al intentar reestructurar las circunscripciones eclesiásticas por el Concordato de 1851, se prevé la constitución, a expensas de los territorios de Calahorra y La Calzada, de una nueva diócesis, la de Vitoria. Esta desmembración de territorios y la creación de otra diócesis se llevó a la práctica en 1862. Cumpliéndose así, tan sólo, parte de lo previsto en el Concordato, porque la sede episcopal de Calahorra no se trasladó a Logroño (cfr. F. de Coello y P. Madoz, Mapa de Logroño con límites de obispados, Madrid 1851; F. Bujanda, La diócesis de Calahorra y La Calzada, Logroño 1944; E. Hinojosa, Calahorra and La Calzada, en AA. VV., The Catholic Encyclopedia, III, New York 1908; AA. VV., Diccionario de Historia Eclesiástica de España, ob. cit., vol. I, pp. 305 y ss.).
Toda clase de datos sobre personas eclesiásticas, cargos y estadísticas de la diócesis pueden comprobarse en el Anuario Eclesiástico editado anualmente por E. Subirana en Barcelona (cfr. Diócesis de Calahorra y Santo Domingo de La Calzada).
71. Durante los años que Josemaría pasó en Logroño fueron canónigos de la catedral, entre otros, don Valeriano-Cruz Ordóñez, Rector del seminario; don Francisco Xavier de Lauzurica, más tarde íntimo amigo del Fundador cuando era Obispo auxiliar de Valencia, y luego Administrador Apostólico de Vitoria y Arzobispo de Oviedo; y don Ciriaco Garrido Lázaro, con quien se confesó algún tiempo Josemaría (cfr. Anuario Eclesiástico, ob. cit., años 1915 a 1920).
72. Junto a la iglesia de las carmelitas había una hospedería. El Obispo de Calahorra, don Juan Plaza y García, vio con agrado la instalación de los carmelitas en Logroño. En su licencia había una cláusula: «Por ahora, dos de los padres carmelitas que han de formar la nueva Residencia, podrán instalarse en la Hospedería de dicho convento de las Madres carmelitas, abonándolas por este concepto lo que fuere justo, y procurando a la mayor brevedad posible establecerse en casa separada del convento». El 23 de octubre de 1917 dieron las monjas de Logroño su conformidad (cfr. P. Silverio de Santa Teresa, Historia del Carmen Descalzo, tomo XIII, Burgos 1946, p. 832).
73. Ibidem, p. 833.
74. Según el Servicio Meteorológico Nacional, en diciembre de 1917 hubo 9 días de nevada en Logroño; y 3 días en enero de 1918. Para la prensa local ("La Rioja") las heladas y la nieve se midieron por las consecuencias, y a este efecto se describía con pelos y señales la vida ciudadana. Por ejemplo: se ordenó echar paja por las calles para evitar las caídas de los transeúntes (29-XII-1917); frío de 8º bajo cero (30-XII-1917); temperatura que descendió al día siguiente a 16º bajo cero de mínima; los puestos de venta de carnes y pescados hubieron de cerrar por congelación de la mercancía; el día último de año, a causa del frío, murieron tres personas; el 2 de enero de 1918 nieva copiosamente durante varias horas, y se revientan las cañerías; al día siguiente se les hiela el vino en las cantimploras a los serenos, y uno de ellos dice haber visto un lobo cerca del cuartel de Artillería... (cfr. las secciones: Hace 25 años y Hace 50 años de las fechas correspondientes de "La Nueva Rioja").
El Fundador no nos dejó una fecha señalada en lo que se refiere al hecho de su repentino cambio de vida y a la señal exterior que lo suscita, de la que se habla a continuación. Las expresiones que usa en sus conversaciones o escritos son un tanto holgadas: Tenía yo catorce o quince años... (Meditación del 19-III-1975); ... desde los quince (Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n. 19); Desde los quince o dieciséis años (ibidem, n. 16); Desde que tenía quince años... (Carta 25-V-1962, n. 41); hasta cumplidos los dieciséis años (Apuntes, n. 1637).
Por otra parte, esa dubitativa imprecisión (14 ó 15 años; 15 ó 16 años) parece indicar que está referida mentalmente a un cambio anual, bien sea el Año Nuevo, bien el día de su cumpleaños (9 de enero). O tal vez a ambos. De modo que, sopesando los datos expuestos (la fuerte nevada que cierra el año 1917 y el hecho de que se barriesen a fondo las calles antes del 9 de enero), no es aventurado suponer que la fecha buscada haya de situarse entre las vísperas de Año Nuevo y el cumpleaños de Josemaría.
75. Citado por Álvaro del Portillo, Sum. 77.
En otros testimonios se recoge también el pensamiento del Fundador sobre el origen de su vocación:
«En 1964, hablándome de su vocación al sacerdocio, Mons. Escrivá de Balaguer me dijo, preguntándose a sí mismo: ¿Cuál ha sido el origen de mi vocación sacerdotal? — Una cosa aparentemente fútil: la huella de los pies descalzos de un carmelita sobre la nieve; y me explicó cómo, pensando en el sacrificio de aquel religioso por amor de Dios, se preguntó qué hacía él por el Señor. Pensó entonces que quizá Dios le llamaba allí mismo, en la calle, y que, si así fuese, por su amor a la Eucaristía se hubiera llamado fray Amador de Jesús Sacramentado» (Jesús Alvarez Gazapo, Sum. 4279).
«Contaba el mismo Siervo de Dios que le hizo gran mella el ver las huellas de un carmelita descalzo sobre la nieve; y pensó que él hacía poco por Dios. Y descubrió que el Señor esperaba algo concreto de él» (Encarnación Ortega, PM, f. 30).
«El Siervo de Dios, según me confesó, comenzó a manifestar deseos de una vida cristiana más perfecta y empeñada cuando, en invierno de 1917-18 contempló sobre la nieve las huellas de los pies de un religioso Carmelita [...]. Según manifestó, sintió la llamada al sacerdocio después de haber visto esas huellas en la nieve» (José Luis Múzquiz, PM, f. 350v).
Sobre el episodio de las huellas en la nieve, entre otros, cfr. Francisco Botella, Sum. 5610; Pedro Casciaro, Sum. 6337.
76. Cfr. Meditación del 14-II-1964.
«Se trató de un cambio dictado —dice mons. Álvaro del Portillo— por la disponibilidad para hacer algo grande, heroico si fuese necesario, por el Señor; la disponibilidad que busca activamente seguir la Voluntad divina» (Álvaro del Portillo, Sum. 80; cfr. también Sum. 94).
«Fue en diciembre de 1917 o en enero de 1918, cuando advirtió por vez primera que el Señor le llamaba a su servicio, pero sin saber en qué ni cómo. Desde entonces, comenzó a poner todos los medios para conseguir un trato mucho más intenso e íntimo con Dios, y se dedicó a la oración y a la vida de piedad y de penitencia con verdadera generosidad» (Javier Echevarría, Sum. 1831). Cfr. también José Luis Múzquiz, PM, f. 349v.
77. Carta 25-I-1961, n. 3.
78. Meditación del 19-III-1975. Cfr. Apuntes, n. 179, nota 193.
79. Los testigos usan diversas expresiones, en el fondo coincidentes: «le sugirió hacerse Carmelita descalzo» (Álvaro del Portillo, Sum. 84); «le propuso que se hiciera carmelita» (Javier Echevarría, Sum. 1808); «este Padre trató de averiguar si en el Siervo de Dios latía un germen de vocación carmelita» (José Ramón Madurga, PM, f. 270v).
80. Mi Madre del Carmen me empujó al sacerdocio. Yo, Señora, hasta cumplidos los dieciséis años, me hubiera reído de quien dijera que iba a vestir sotana. Fue de repente, a la vista de unos religiosos Carmelitas, descalzos sobre la nieve... ¡Qué obligada estás, dulce Virgen de los Besos, a llevarme de la mano, como a un niñito tuyo! (Apuntes, n. 1637). (La "Virgen de los Besos", como se verá más adelante, era una imagen de bulto, una pequeña estatua de su propiedad).
81. Como dice en sus Apuntes, n. 290: Quería Jesús, indudablemente, que clamara yo desde mis tinieblas, como el ciego del Evangelio. Y clamé durante años, sin saber lo que pedía. Y grité muchas veces la oración "ut sit!", que parece pedir un nuevo ser.
82. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 84; Javier Echevarría, Sum. 1808, y PR, p. 131; Jesús Alvarez Gazapo, Sum. 4280; Pedro Casciaro, Sum. 6337.
El estado eclesiástico, como sacerdote secular, le dejaba una libertad de opción y movimiento que le permitirían atender a las necesidades de su familia, como lo creía de justicia; desempeñar una carrera civil compatible con el sacerdocio, como era el caso de algunos profesores del Instituto; y tener mayor disponibilidad ante los requerimientos del Señor, puesto que no le vincularía el voto de obediencia.
Mons. Escrivá de Balaguer conservó durante toda su vida un grato recuerdo de aquel religioso. En 1938 volvieron a encontrarse en Burgos (cfr. Apuntes, n. 1484). El p. José Miguel murió el 23 de septiembre de 1942 (cfr. reseñas biográficas con ocasión de su fallecimiento en "Ecos del Carmelo y Praga", Burgos 15-XII-1942, pp. 212-214 y "El Monte Carmelo", 44 (Burgos 1943), p. 58).
83. Apuntes, n. 289. Cfr. Álvaro del Portillo, PR, p. 159; Pedro Casciaro, Sum. 6337; José Romeo, AGP, RHF, T-03809, p. 2.
Estando en el Seminario de Logroño escribió en algunas ocasiones a su tía carmelita. Esas cartas fueron destruidas, según costumbre de las Carmelitas, después de haberlas leído. En Apuntes, n. 98, hay otra referencia a ese convento de carmelitas: quizá sería oportuno encontrar quienes, especialísimamente, se preocuparan de orar y sufrir por los que trabajen. Las monjitas del Convento de S. Miguel de Huesca (las tengo predilección) y los leprosos de Fontilles nos vendrían muy bien. Enviarles una limosna mensual, a cambio de sus oraciones y sufrimientos. Por mucho que les diéramos, saldríamos ganando.
84. AGP, P04 1974, II, p. 398 (el texto citado se recoge también por Álvaro del Portillo, Sum. 105).
¡Se equivocaba!: en el sentido de que no podía imaginarse lo que sería la vida del Fundador del Opus Dei, rodeado del cariño humano y sobrenatural de sus hijos espirituales; y también en el sentido de que un sacerdote enamorado de Dios jamás siente soledad, pues va siempre acompañado de su Amor, como repetía Mons. Escrivá de Balaguer.
85. «Le he oído contar más de una vez —refiere Mons. A. del Portillo— que, después de haber hecho esta petición, bastante precisa, al Señor, con la súplica explícita de que fuese varón, ya no se preocupó más de ello» (Álvaro del Portillo, Sum. 111).
Cfr. también Jesús Alvarez Gazapo, Sum. 4281; José Romeo, AGP, RHF, T-03809, p. 3; Javier de Ayala, AGP, RHF, T-15712, p. 4.
En nota de conciencia hecha durante su retiro espiritual en Segovia, 1932, muestra cuáles eran por entonces sus disposiciones interiores y cómo estaba dispuesto a cumplir sus obligaciones filiales para con la familia, antes de decidirse a ser sacerdote: — De ser seglar —me conozco perfectamente en esto— o no me hubiera casado o lo hubiera hecho cuando hubiera podido sostener con holgura dos casas: la de mi madre y la mía (Apuntes, n. 1688).
86. Don Antolín Oñate Oñate fue Abad de la Colegiata desde febrero de 1905 hasta enero de 1943, en que se jubiló. El Abad era, al mismo tiempo, párroco; porque la Colegiata tenía asignada una circunscripción parroquial. Años más tarde hubo de informar al arzobispado de Zaragoza para que Josemaría recibiese las órdenes menores. Actualmente no existe en Logroño el cargo de Abad sino de Deán, con el consiguiente Cabildo, ya que la Colegiata ha pasado a ser Con-Catedral de la diócesis que ahora se llama de Calahorra, La Calzada y Logroño (cfr. Anuario Eclesiástico, ob. cit.; y Diccionario de Historia Eclesiástica de España, ob. cit., vol. I, pp. 305 y ss.).
87. Don Albino Pajares era sacerdote castrense. En mayo de 1913 ingresó por oposición con el número 1 en el Cuerpo Eclesiástico del Ejército. Estuvo destinado en Logroño, en el Regimiento de Infantería Cantabria, nº 39, desde febrero de 1917 hasta mayo de 1920.
Josemaría estuvo toda su vida reconocido a estos sacerdotes que le ayudaron en los comienzos de su vocación sacerdotal (cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 110; y Javier Echevarría, Sum. 1809).
88. Paula Royo, AGP, RHF, T-05379, p. 2. Una de las cuñadas de doña Dolores recuerda una visita que hicieron a Logroño: «Fuimos también nosotros a Logroño y estuvimos en casa de José y Lola: era un piso agradable, puesto con gusto. Nos hablaron de la decisión de Josemaría de hacerse sacerdote. No puedo precisar los detalles, pero sí recuerdo que Josemaría estaba en relación con un carmelita y que, incluso, en un primer momento, Josemaría pensó en hacerse carmelita, pero que enseguida vio que no era ése su camino, sino el sacerdocio secular» (Carmen Lamartín, AGP, RHF, T-04813, p. 2). Los demás testimonios hablan, por el contrario, de que no pensó hacerse carmelita.
Cfr. también Javier Echevarría, Sum. 1829; Santiago Escrivá de Balaguer y Albás, PM, f. 1298.
89. Cfr. Apuntes, n. 959, donde recuerda a don "Ciriaquito" entre sus confesores. Don Ciriaco Garrido Lázaro fue nombrado coadjutor de Santa María de La Redonda en 1899; y en octubre de 1916 obtuvo una canonjía como cuasi-penitenciario según rescripto. Su principal actividad pastoral fue el confesonario. Murió en Logroño en 1949 (cfr. breve semblanza biográfica en el folleto de F. Abad, Las Adoratrices de Logroño. Un siglo al servicio de la Rioja, Logroño 1984, pp. 40-42).
Sobre las visitas de don Josemaría a La Redonda, cfr. Javier Echevarría, Sum. 1810, 1846 y 2798.
90. Cfr. Apéndice VIII. Había terminado los estudios, y un certificado académico era suficiente para probarlo. Para ciertos efectos administrativos la ley exigía sacar el Título, por lo que en su expediente personal universitario consta que: «Le fue expedido el Título de Bachiller Superior por el rector de la Universidad de Zaragoza (6-VIII-23)».
Sobre el consejo del padre de hacer la carrera de Derecho: cfr. Javier Echevarría, Sum. 1829; Álvaro del Portillo, Sum. 102; y Jesús Alvarez Gazapo, Sum. 4280. Este último testigo añade que «fue un consejo prudente» porque, como comentaría más tarde el Fundador, el Señor se había servido también de ello para hacerle adquirir una mentalidad jurídica que le sería después de mucha utilidad.