Madurez de un adolescente

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo I. Andrés Vázquez de Prada

A las sacudidas experimentadas por la familia siguió una larga serie de sufrimientos morales y de privaciones físicas, que configuraron hondamente el tránsito de su niñez a su adolescencia. Quizá sea éste uno de los períodos más nebulosos de su vida. Acaso la crisis se prolongara por espacio de algunos meses, en los que libró consigo mismo una batalla tenaz y dolorosa. Veladamente, en sus confidencias de adulto, dejará entrever que, por algún tiempo, quedaron en suspenso aquellas charlas amistosas con don José, en las que el hijo abría el corazón al padre pidiéndole consejo.

Desde la muerte de su hermana Chon venía dando vueltas en la cabeza a una idea, punzante como una espina. Era un pensamiento que le hostigaba con persistencia, cuando veía a la desgracia encarnizarse con los inocentes. ¿Por qué, Señor, por qué? Josemaría, niño aún y con un agudo sentido de la justicia, se perdía en penosas meditaciones, tratando de encontrar un rayo de luz que esclareciese lo que para él resultaba incomprensible. Todo era en vano. La exacerbación de sus sentimientos le impedía ver claramente las razones:

Yo, desde chico, he pensado tantas veces sobre el hecho de que hay muchas almas buenas a las que les toca sufrir tanto en la tierra; penas de todo género: reveses de fortuna, hundimiento de la familia, teniendo que dejarse pisotear el legítimo orgullo... Al mismo tiempo, veía otras personas, que no parecían buenas —no digo que no lo fuesen, porque no tenemos derecho a juzgar a nadie—, a las que todo iba de maravilla. Hasta que un buen día me vino la consideración de que también los malos hacen cosas buenas, aunque no las realicen por un motivo sobrenatural; y comprendí que Dios de alguna manera los había de premiar en la tierra, ya que luego no podría premiarlos en la eternidad. Me acordé entonces de la frase: también se ceba el buey que irá al matadero |42|.

En Logroño comenzaron el desasosiego y la resistencia de Josemaría a aceptar la nueva situación. Su generosidad, ese impulso para darse sin reservas, abundantemente, a los demás, no se avenía con la mediocridad, ni con la ponderación económica de la familia. El muchacho a duras penas se percataba de que la riqueza moral se halla muy por encima de los bienes materiales.

Su madre, a la que ayudaba Carmen, se afanaba en los mil quehaceres de la casa: cocina, lavado de la ropa y regateos al ir de compras al mercado. Del padre sabemos detalles más íntimos, que posiblemente conociese el hijo. Para ahorrarse la merienda, don José tomaba un caramelo a media tarde, entreteniendo al estómago. Aunque no había dejado de fumar, se impuso una ración diaria de seis pitillos, que él mismo liaba, colocándolos cuidadosamente en una pitillera de plata, recuerdo de tiempos mejores |43|. La economía de la casa estaba presidida por el ahorro, y los gastos venían sometidos a una prudente vigilancia, de acuerdo con el dicho de doña Dolores: «no alargar el brazo más que la manga» |44|. A los ojos de Josemaría todo en el hogar llevaba el sello de una sufrida pobreza, que resultaba intolerable a su fogosidad. De manera que sentía impulsos de rebelión, que difícilmente lograba reprimir. Magnánimo y dispuesto al sacrificio, le dolía grandemente el callado sufrimiento de sus padres.

Cuando se despejó la borrasca, cuando poco más adelante vio con claridad las cristianas razones de esa pobreza, se sintió orgulloso de lo mismo que, en su muchachez, había considerado un oprobio del hogar; y lo proclamaba gozoso recordándolo ante sus hijos espirituales:

Si me echan en cara la pobreza de mis padres, alegraos y decid que el Señor lo quiso así, para que nuestra Obra, su Obra, se hiciera sin medios humanos: yo así lo veo. De otra parte mis padres, mis padres calladamente heroicos, son mi gran orgullo |45|.

Pero por entonces no lo veía. La pobreza, indudablemente, llevaba consigo humillaciones de todo género. Para la amplia parentela de doña Dolores, Logroño era el exilio de los Escrivá; y, según algunos de ellos, un merecido destierro.

La más dura prueba por la que pasó Josemaría, más dolorosa que las privaciones, fue el callado sufrir de los padres, cuya sonrisa y serenidad daban a entender el dominio interior con que aceptaban las adversidades. Pero esa mansa capa de amabilidad dejaba traslucir también las muchas renuncias que encubría. Esto, en lugar de calmar al muchacho, le violentaba. Y el oleaje rompía dolorosamente dentro de su alma. No se atrevía el muchacho a hablar de ello con don José. De momento se habían interrumpido las conversaciones íntimas durante los paseos de los domingos. Charlaban de otros temas. Porque a Josemaría le parecía injusto y poco noble hacer «comentarios que pudiesen herir la sensibilidad de sus padres» |46|.

De los felices días de la infancia retuvo Josemaría en su memoria una lámina que, por razones circunstanciales, pasó a formar parte de su almacén espiritual. Eran dos dibujos japoneses; en uno se leía:

El hombre presuntuoso, y representaba una familia reunida alrededor de una mesa, teniendo arriba, en lo alto de un palo, una gran luz. Desde lejos aquella luz atraía, llamaba la atención. Pero si uno se acercaba, veía que la familia estaba fría, sin luz y sin calor de hogar. El otro dibujo se titulaba así: el hombre prudente. Era otra familia, con la luz muy cercana, sobre la mesa, en el centro de todos. No llamaba la atención, no era algo ostentoso. Pero el que se acercaba allí, encontraba ambiente de familia |47|.

Quiso Dios que la ayuda salvadora le viniese a través de su familia. Entre los suyos encontró Josemaría el calor del afecto. Luego, el tiempo obró como sedante de inquietudes y arrebatos. Y, más tarde, llegaría el muchacho a descubrir el sentido profundo de aquellos acontecimientos. No sólo se invirtieron los términos en su mente, y lo que había sido causa de vergüenza y humillación se le apareció con resplandores de virtud, sino que vio el orden providencial y la lógica divina encerrados en la secuencia de los hechos:

Dios me ha hecho pasar por todas las humillaciones, por aquello que me parecía una vergüenza, y que ahora veo que eran tantas virtudes de mis padres. Lo digo con alegría. El Señor tenía que prepararme; y como lo que había a mi alrededor era lo que más me dolía, por eso pegaba ahí. Humillaciones de todo estilo, pero a la vez llevadas con señorío cristiano: lo veo ahora, y cada día con más claridad, con más agradecimiento al Señor, a mis padres, a mi hermana Carmen... |48|.

Luego, con el desarrollo positivo de la personalidad, el muchacho fue adquiriendo una madurez impropia de sus años. Ante sus amigos se mostraba serio y reflexivo, cualidades no incompatibles con la alegría y un bullicioso sentido del humor. Doña Dolores, de manera muy expresiva, afirmaba que Josemaría «había sido siempre un niño mayor» |49|. Nadando contra corriente, sin dejarse arrastrar por la desgracia, se calmó la crisis de su adolescencia. Y, al cabo, su espíritu quedó tempranamente abierto a los ideales de la juventud. Por lo que, al revisar esta removida etapa de su vida, tendría para todos palabras de perdón y de reconocimiento: El Señor —nos dice— iba preparando las cosas, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente |50|.

* * *

Aisladamente considerados, los datos que se recogen en el expediente escolar de Josemaría poco nos ilustran sobre su persona, sirviendo solamente de indicio con el que valorar sus aptitudes intelectuales. Aún así, el expediente suministra, de modo indirecto, informaciones no despreciables sobre el carácter y gustos del muchacho |51|.

En los exámenes del cuarto año de bachillerato (1915-1916), obtuvo la calificación de Sobresaliente con Premio (también llamada Matrícula de Honor), en Preceptiva Literaria y Composición. El Premio no era simplemente honorífico sino que eximía del pago de la tasa escolar de una asignatura al curso siguiente; además, el alumno podía elegir, a su gusto y conveniencia, la asignatura a la que aplicar la Matrícula de Honor. Haciendo uso de ese derecho, Josemaría, con fecha 1 de septiembre de 1916, dirigió una instancia al Director del Instituto para aplicar a la Historia General de la Literatura el Premio que se le había concedido en Preceptiva y Composición |52|.

El catedrático de Literatura era don Luis Arnaiz, hombre de tierna sensibilidad literaria y propenso a la emoción estética |53|. Al decir de Josemaría, se emocionaba al leer en voz alta a Cervantes, lo cual suscitaba en el muchacho otros recuerdos lejanos. Porque entre los libros traídos de Barbastro por los Escrivá, la mayor parte de ellos clásicos, había una bella y antigua edición de El Quijote, en seis volúmenes. A ellos acudía de muy niño a leer y repasar las láminas.

En las clases de literatura pudo Josemaría saborear a placer los clásicos, desde los escritores medievales a los del Siglo de Oro español |54|. Pasados los años, las anécdotas literarias e históricas, en prosa o en verso, surgirán frescas y espontáneas, a la par de la cristiana doctrina.

Un jueves santo, haciendo en voz alta su oración personal, traía a ella noticias de su muchachez:

Desde chico, Señor, desde la primera vez que yo pude hojear esa poesía gallega de Alfonso el Sabio, me ha conmovido el recuerdo de alguna de sus estrofas.

Me removía con esas cantigas, como la de aquel monje que pidió en su simplicidad a Santa María contemplar el cielo. Se marchó al cielo en su oración —esto lo entendemos todos nosotros, lo entienden todos mis hijos, todos, porque somos almas contemplativas—, y cuando volvió de su oración no reconocía a ningún monje del monasterio. ¡Habían pasado tres siglos! Ahora lo entiendo también de una manera particular, cuando considero que Tú te has quedado en el Sagrario desde hace dos mil años para que yo te pueda adorar y amar y poseer; para que yo pueda comerte y alimentarme de Ti, sentarme a tu mesa, ¡endiosarme! ¿Qué son tres siglos para un alma que ama? ¿Qué son tres siglos de dolor, tres siglos de amor, para un alma enamorada?: ¡un instante! |55|.

Las lecturas juveniles prendieron en el fondo de su alma, empapándola de belleza. En muchas ocasiones echará mano de recuerdos literarios, como recurso para exponer sus proyectos o sus ideas; como se ve, por ejemplo, en carta fechada en Roma, 7-VI-1965, medio siglo después de su paso por el Instituto de Logroño:

Ahora reverdezco mis aficiones de la juventud, leyendo vieja literatura castellana, de la que también se sirve el Señor para confirmarme en su paz. Me explicaré, con un ejemplo: tú sabes cuántas veces he dicho, cuando a mí, que soy un pecador, me atribuyen con demasiada frecuencia ¡revelaciones y profecías! —nada menos— que todo eso no es verdad. A lo más, ante la fe de la gente, concedo —porque me parece de justicia— que, si acaso, si eso que dicen es verdad, será fruto de la bondad de Dios, que les premia la fe y las otras virtudes que tienen los interesados. Pero que io non c'entro per niente.

Pues, bien: leyendo a Gonzalo de Berceo, en su Vida de Santo Domingo de Silos —a gusto le concedo lo que allí dice: "Bien valdrá, como creo un buen vaso de vino"— y teniendo en cuenta lo que va del 200 al 900, y aún más lo que va de un santo a un pecador, me ha consolado como una gran luz de Dios leer: "Profetaba la cosa que a venir avie,/ Maguer la profetaba, el non lo entendie". ¿No es una bendición del cielo que, hasta de las distracciones, saquemos sabiduría divina, vertida por un buen clérigo que vivió hace más de setecientos años?

Y, para seguir divirtiéndote, te voy a contar otra anécdota —por decirlo así— literaria: debería decir de mi confusión literaria.

En no pocas ocasiones, me gustaba recordar —al hablar de cosas espirituales— un verso que atribuía al Cantar del mío Cid: "y la oración al cielo cabalgaba". No me dirás que no es expresivo. Releo en estos días el cantar, y he tenido que reconocer que mi memoria de viejo ha cometido de buena fe un error, que casi se puede llamar imperdonable. Porque el original, pensándolo bien, es más realista y tiene más teología nuestra. Dice así: "la oraçión fecha luego cavalgava". Primero, rezar; después, cabalgar: que es trabajar, pelear —disponerse a pelear—; y trabajar y pelear, para un cristiano, es orar: entiendo que este verso, del Cantar de gesta, va muy bien para nuestra gesta de cristianos corrientes y contemplativos. Mejor que el otro, que salía —entre nieblas— de la herida que quedó en mi imaginación de adolescente |56|.

* * *

Carmen tenía al hermano por «un muchacho normal, de carácter abierto» |57|; pero, a la hora de divertirse, si había chicas presentes, Josemaría se sentía un tanto cohibido. No asistía a bailes; entre otras razones porque no se había propuesto aprender a bailar. El padre, en cambio, sí; había sido un excelente bailarín. «Tu padre —le contaba doña Dolores— era capaz de bailar sobre la punta de un espadín» |58|. De todos modos, la madre deseaba adelantarse a lo que era normalmente previsible: que el hijo se enamorara, pronto o tarde, de una chica. No tardó, pues, en darle un sano consejo, emparedado en un dicho popular: — «Si te has de casar, búscate mujer; ni tan guapa que encante, ni tan fea que espante» |59|.

Su primera adolescencia le despojó de muchos retraimientos y melancolías, poniendo al descubierto un fondo de vehemencias juveniles. Extremadamente ordenado y puntual, Josemaría no soportaba el desorden, dando muestras de impaciencia, de nerviosismo o de brusquedad |60|. Esa disconformidad intolerante por los pequeños descuidos en cuestiones de orden, bien pudiera tener secretas comunicaciones con su gusto por la geometría o las matemáticas; pero, claro está que las ciencias exactas no eran responsables de su fuerte carácter.

Durante toda su vida Josemaría tuvo que luchar contra la natural impetuosidad de su temperamento, para someter aquel torrente de sana energía, convirtiéndolo en fuerza dominada y en fortaleza de ánimo para arrostrar obstáculos |61|.

Existía además otro aspecto de su carácter, que denunciaba, aunque de distinto modo, el enardecimiento juvenil. Era éste su romántico idealismo. Vena vaporosa que desfogaba ya por el lado poético ya por el fervor patriótico; o bien se traducía en exaltados sentimientos de libertad y de justicia, como le ocurrió con el caso de la independencia de Irlanda |62|. Semanalmente recibía la familia la revista "Blanco y Negro", ilustrada con extensos reportajes fotográficos de las vicisitudes de la primera Guerra Mundial. Toda España, aún manteniéndose neutral, estaba dividida en sus simpatías por unos u otros combatientes. Don José tenía marcadas tendencias germanófilas, tal vez por la enemistad que pervivió en el Alto Aragón, durante un siglo, en recuerdo de la invasión y de los excesos de las tropas napoleónicas.

Pero lo que, realmente, soliviantó al hijo en el caso irlandés, fue el tema de la libertad religiosa: Entonces —cuenta— tenía unos quince años, y leía con avidez en los periódicos las incidencias de la Primera Guerra... Pero sobre todo rezaba mucho por Irlanda. No iba en contra de Inglaterra, sino a favor de la libertad religiosa |63|.

* * *

Ese verano de 1917, otra vez juntos padre e hijo en sus largos paseos, conversaban sobre las ilusiones profesionales de Josemaría. El próximo curso terminaría el bachillerato, y era preciso decidir de antemano qué rumbo profesional emprendería. El muchacho no tenía dudas. Lo había decidido. Pensaba hacerse arquitecto, pues estaba dotado de excelentes aptitudes para las matemáticas y el dibujo. Don José trató suavemente de encaminarle hacia la abogacía, porque tenía facilidad de palabra, le gustaba la historia y la literatura; y no le faltaba don de gentes.

Josemaría no se dejó convencer. En el dicho del padre, de que el hijo deseaba ser un «albañil distinguido», hay que ver algo más que una suave punta de ironía |64|. El empeño del muchacho por seguir la carrera de Arquitectura, cara y larga, supondría para la familia un pesado sacrificio económico, del que tal vez no se percataba entonces el estudiante, aunque luego, muchos años más tarde, habría de reconocerlo: En casa continuaron mi educación, para darme una carrera universitaria, a pesar de la ruina familiar, cuando muy bien pudieron, en justicia, haberme puesto a trabajar en cualquier cosa |65|.

Todavía quedaban algunos meses de espera. Una tregua que iba prensando el ánimo de don José conforme pasaba el tiempo. Pero Dios diría. Y Dios tuvo la última palabra, comprobándose, una vez más, que los caminos del Señor son inescrutables.

En 1934, desde la perspectiva de su vocación sacerdotal, meditaba Josemaría en qué hubiesen parado las ilusiones profesionales de 1917:

¡La vocación sacerdotal! ¿Dónde estaría yo ahora, si no me hubieras llamado? Sería, probablemente un abogado presuntuoso, un literatillo engreído, o un arquitecto pagado de mis obras (en todo esto se pensó, allá por el año 1917 ó 1918) |66|.

NOTAS

 

42. Citado por Álvaro del Portillo, Sum. 67; Meditación del 4-II-1962. No había llegado Josemaría a descubrir todavía el hondo sentido de lo que dice en Camino, n. 699: Cruz, trabajos, tribulaciones: los tendrás mientras vivas. —Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro.

43. Cfr. La Gaceta del Norte, Logroño, 28-VI-1975, p. 3 (entrevista con Manuel Ceniceros).

44. Cfr. AGP, P06, V, p. 267.

45. C 4919, 14-X-71.

46. Comentario oído directamente de labios del Fundador por mons. Javier Echevarría (cfr. Sum. 1814).

47. Carta 24-X-1965, n. 29. Anteriormente, con fecha 2-IX-1931, anotaba en sus Apuntes (n. 259): todo esto me recuerda cierta curiosa caricatura japonesa: el hombre práctico (el apostólico, diríamos aquí) coloca su único farol a poca altura, para alumbrar en la noche a su familia, que se entretiene y charla iluminada por la llama humilde: el hombre presuntuoso (el seudoapóstol) coloca la lámpara en lo alto de un palo de veinte metros, para que desde lejos piensen: ¡hermosa luz tienen allá arriba!: pero ni ilumina a los extraños, ni calienta el hogar de los suyos, a quienes además deja a oscuras.

48. AGP, P01 1975, pp. 357-358.

49. Cfr. Francisco Botella, Sum. 5612.

50. Meditación del 14-II-1964. Al cambio y maduración de su carácter contribuyeron de manera especial sus padres. Jamás olvidó ese ejemplo, y la deuda contraída con los suyos, como se lee en una carta de 1949: Yo he encontrado bien cerca de mi corazón buenos modelos, que se limitaban a encajar con noble alegría las desdichas, a no exagerar el peso de la Santa Cruz y a no descuidar sus obligaciones de estado (Carta 8-XII-1949, n. 202).

En una tertulia con profesionales en México, el 27 de mayo de 1970, mons. Escrivá de Balaguer resumía la historia con estas palabras: — A mi padre no le fue nada bien en los negocios. Y doy gracias a Dios, porque así sé yo lo que es la pobreza; si no, no lo hubiera sabido. ¿Ven qué bueno es esto? Ahora quiero más a mi padre... Era tan maravilloso, que supo tener serenidad inmensa y llevar la contradicción con paz cristiana y de caballero (AGP, P01 1970, p. 913).

51. Cfr. Apéndice 8.

52. El escrito reza así: [...] a V.S. con el respeto debido expone: que habiendo obtenido en los exámenes celebrados en el mes de junio último la censura de Sobresaliente con opción a premio en la asignatura de Preceptiva y Composición, y teniendo derecho a una matrícula de Honor conforme a lo prevenido en las disposiciones vigentes,

A V.S. suplica se digne concederle dicha matrícula de Honor con aplicación a la asignatura de Historia General de la Literatura. Justicia que el exponente no duda obtener del recto criterio de V.S., cuya vida guarde Dios muchos años.

Logroño: 1 de Septiembre de 1916. (En expediente académico —protocolo 265/6935—; Instituto Práxedes Mateo Sagasta).

53. Sobre el profesorado: cfr. archivo del Instituto Práxedes Mateo Sagasta de Logroño: "Personal facultativo de este Instituto durante el curso de 1916 a 1917 con expresión de la fecha en que ingresaron en el profesorado los catedráticos numerarios y el número que ocupan en el escalafón de 1º de enero de 1915, aprobado por Real Orden de 9 de febrero de 1916".

54. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 64 y 65; Pedro Casciaro, Sum. 6331; Javier Echevarría, Sum. 1812.

55. AGP, P01 1970, pp. 487-488; AGP, P06, V, p. 275; citado por Álvaro del Portillo, Sum. 65.

La Cantiga número 103: «Como Santa Maria feze estar o monge trezentos anos ao canto da passarya...»:

...«fez-lo entrar en hua orta / en que muitas vezes ja

Entrara; mais aquel día / fez que hua font'achou

mui crara e mui fremosa / e cab'ela s'assentou.

...A tan gran sabor avia / daquel cant'e daquel lais,

que grandes trezentos anos / esteveo assi, ou mays...» (Cantigas de Santa Maria, editadas por Walter Mettmann; Acta Universitatis Conimbrigensis, vol. II, 1961, pp. 6-7; Coimbra 1954-1972, 4 vols.).

56. Carta 3647, 7-VI-65. En cuanto a las citas literarias de la carta, cfr. Gonzalo de Berceo, Vida de Santo Domingo de Silos, estrofa 757 (en Poetas Castellanos anteriores al siglo XV, BAE, vol. 57, Madrid 1952, p. 63); y R. Menéndez Pidal, Cantar del Mío Cid, 3 vols., Madrid 1908-1911, pp. 518, 910 e 1027 (por lo que hace a los versos 54-55).

Los mencionados versos del poema describen la partida del Cid para el destierro: su entrada en Burgos, su oración en la catedral y la salida de sus murallas, para cruzar luego el río Arlanzón:

«La oración fecha, / luego cavalgava;

salió por la puerta / e Arlançon passava».

Josemaría retuvo el aroma poético espiritual, exento de las circunstancias históricas, de modo que en su recuerdo los brotes pasionales se juntan a la exaltación piadosa. Y es que la lectura del poema suscita en los jóvenes lectores un raudal de perspectivas ideales ante la reciedumbre, nobleza, lealtad y cortesía del héroe. La reflexión sobre estos temas dejó, sin ningún género de duda, una honda huella en los sentimientos de Josemaría muchacho.

«El Cid —dice el historiador del héroe— ofreció siempre un mayor interés humano, palpitante en su grande obra contrariada y desagradecida, [...] será siempre un poderoso incitante para la juventud» (cfr. R. Menéndez Pidal, La España del Cid, ed. Espasa-Calpe, S.A., Madrid 1947, vol. I, prólogo de la 1ª edición).

57. Álvaro del Portillo, Sum. 75.

58. Álvaro del Portillo, Sum. 87.

59. Álvaro del Portillo, Sum. 87.

60. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 96.

61. El mismo Fundador admitía tener un carácter fuerte —un caratteraccio, decía en italiano—, comentando que «el Señor, con su gracia, había querido servirse también de aquel defecto para enseñarle a no ceder cuando la defensa de los derechos de Dios exigen no ceder; a decir verdad, de hecho no nos parecía a nosotros un defecto sino una parte de los dones que, también desde el punto de vista humano, Dios había concedido a nuestro Fundador y que él siempre puso más y más al servicio de la virtud sobrenatural de la fortaleza» (cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 96).

62. Desde el reparto de tierras entre los protestantes en tiempos de Isabel I y la terrible represión de Cromwell (1649), existía una injusta sumisión de los católicos irlandeses a los nuevos señores protestantes. Durante los siglos XVIII y XIX se fue corrigiendo, muy lentamente, una legislación civil y penal por la que los católicos quedaban eliminados de la vida política y social.

Continuaba, a pesar de todo, la discriminación por razones religiosas; y cuando a principios del siglo XX aparecen fuertes movimientos de autonomía, el dicho protestante del Ulster tiene todavía sabor de antiguo antipapismo: Home Rule is Rome Rule.

Con ocasión de la primera Guerra Mundial, y estando ya en guerra Inglaterra, los independentistas buscaron la oportunidad del alzamiento en armas con ayuda de Alemania. Las armas, enviadas por un submarino, fueron capturadas por los ingleses; pero el levantamiento, que estaba fijado para el 23 de abril de 1916, se lleva a cabo esa Semana de Pascua. La sublevación fue reprimida por las tropas inglesas, y el 3 de mayo comenzaron las ejecuciones de algunos rebeldes, o patriotas. La independencia irlandesa no sería reconocida hasta 1921.

Los sucesos fueron recogidos por la prensa española. En todo caso, eran de dominio público. Cfr. The Times — History of the War, vol. VIII, London 1916, pp. 414 y ss.

63. Citado por Álvaro del Portillo, Sum. 76; cfr. también Javier Echevarría, Sum. 1816. Los servicios fotográficos de la revista "Blanco y Negro" seguían los sucesos de la guerra.

64. Cfr. Javier Echevarría, Sum. 1825; Álvaro del Portillo, Sum. 101; Paula Royo, Sum. 6300.

Lo recordaba en los últimos años de su vida. Durante su estancia en Brasil, en 1974, el Fundador hubo de consagrar unos altares; y manejando con energía la paleta para colocar el ara en el sepulcro y sellarlo, decía a un profesional que tenía al lado: — ¡Qué mal lo hago!, ¿verdad, hijo mío? Y yo que quería ser arquitecto... Tú no me contratarías ni como el último de los albañiles (AGP, P04 1974, Y, p. 42).

65. Apuntes, n. 1688.

66. Apuntes, n. 1748.