La primera Comunión

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo I. Andrés Vázquez de Prada

En octubre de 1908 Josemaría era alumno de los Escolapios. El colegio de los P.P. Escolapios de Barbastro fue el primero que estos religiosos abrieron en España |70|. Su fundador, san José de Calasanz, había nacido en el mismo pueblo en que vivió el abuelo paterno de Josemaría, en Peralta de la Sal, a 20 kilómetros de Barbastro. La entrada del colegio estaba no lejos de la casa de los Escrivá.

A los dos días de recibir el telegrama del cardenal Merry del Val, el Obispo de Barbastro comenzó una visita pastoral a la diócesis. Ya desde el mes anterior se venía recordando en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, en la catedral, la conveniencia de que se confesaran los adultos y todos los niños que estuvieran en disposición de hacerlo, para lucrar así las indulgencias de la visita pastoral. Fue en ese curso 1908-1909, en que el niño asistía a la "Escuela de Párvulos" de los Escolapios, cuando doña Dolores preparó personalmente al hijo para la primera confesión. Luego le llevó a su confesor, el padre Enrique Labrador |71|. Seis o siete años tenía Josemaría cuando su madre le acompañó hasta la iglesia.

Solían entonces confesarse los hombres por delante del confesonario y las mujeres, por la rejilla lateral. El buen escolapio recibió al niño, que al arrodillarse desapareció por detrás de la portezuela. Tuvo que abrirla para que se arrodillase dentro. Comenzó el penitente a desgranar sus pecados, y el padre Labrador le escuchaba con una sonrisa. Por un momento el niño se descorazonó pensando que no le tomaba en serio, como hacía, en cambio, don José. Al fin, el confesor le hizo una breve recomendación y le impuso la penitencia.

Esa primera confesión le dio una gran paz de espíritu. Volvió corriendo a casa, para anunciar que tenía que cumplir la penitencia. Su madre se ofreció a ayudarle.

No —se negó el pequeño—, esa penitencia la cumplo yo solo. Me ha dicho el Padre que me deis un huevo frito |72|.

* * *

Tenía dos hermanas menores que él: María Asunción, nacida el 15 de agosto de 1905 y María de los Dolores, que nació el 10 de febrero de 1907. Una tercera, María del Rosario, vino al mundo el 2 de octubre de 1909 |73|.

Con cinco hijos, la madre había adquirido experiencia para manejar a la chiquillería. Dada su condición social tenía buen servicio doméstico. Además de la cocinera y de una doncella para la limpieza de la casa, contaba con una niñera y un mozo que, por temporadas, les echaba una mano en faenas impropias de mujeres. A doña Dolores, mujer muy hacendosa, siempre se le veía poniendo orden en la casa, pues poseía mucho sentido práctico. Cuando los niños volvían del colegio, a veces con sus amigos, les tenía destinado para sus juegos un cuarto, al que llamaban la leonera |74|. En su trato usaba discretamente la flexibilidad o, por el contrario, se mostraba inflexible, según los casos. A veces los pequeños alborotaban en la mesa los días de fiesta, cuando se servía pollo. Todos parecían ponerse de acuerdo para reclamar una pata. Doña Dolores, sin perturbarse, comenzaba a multiplicar patas al pollo: tres, cuatro, seis; cuantas fueran necesarias. Sin embargo, no toleraba antojos, ni que los niños se metiesen en la cocina a comer fuera de hora. La cocina era para los niños una tentación permanente. En cambio, doña Dolores sólo entraba allí excepcionalmente, para ver cómo iban las cosas o para preparar un plato extraordinario. Y extraordinarios eran los "crespillos", que aparecían el día de su santo o en muy contadas ocasiones familiares |75|. Era un postre al alcance de cualquier fortuna y no tenía otro secreto culinario que el saberlo presentar en su punto: unas hojas de espinaca rebozadas en un batido de harina y huevo; se pasaban luego por la sartén con un poco de aceite hirviendo y, calentitas y espolvoreadas de azúcar, se servían a la mesa. En la casa de los Escrivá siempre se saludó con ilusión el día de los "crespillos".

Había también otra razón por la que el niño merodeaba cerca de la cocina, aparte de los dulces o las patatas fritas. Las chicas de servicio le contaban dichos e historietas. Sobre todo María, la cocinera. Sabía ésta un cuento de ladrones, sin tragedias ni violencias. Uno, y nada más que uno. Pero lo contaba de manera magistral y el pequeño nunca se cansaba de oírlo repetir |76|. Escuchando a María comenzaron a despuntar sus dotes de narrador.

Algunas tardes, al regresar Carmen con sus amigas de colegio, se encerraban a jugar en la leonera. Doña Dolores, condescendiente con sus aficiones, las entretenía o les daba algunas prendas viejas para jugar. «Frecuentemente —refiere Esperanza Corrales— nos quedábamos a merendar y recuerdo que nos daban pan con chocolate y naranjas» |77|.

Si Josemaría no había salido con sus amigos, se pasaba por la leonera para divertir a las niñas. «Le gustaba entretenernos —cuenta la baronesa de Valdeolivos—. Muchas veces íbamos a su casa y nos sacaba sus juguetes: tenía muchos rompecabezas» |78|. También tenía soldados de plomo, y bolos, y un caballo grande de cartón con ruedas en el que montaba a las niñas por turno, mientras las paseaba por la habitación tirando al caballo del ronzal. Y si las niñas alborotaban, el propietario de la caballería ponía paz con unos buenos tirones de trenzas.

«Pero lo que más le gustaba cuando estaba con nosotras —recuerda Adriana, hermana de Esperanza— era sentarse en una mecedora del salón y contarnos cuentos —normalmente de miedo, para asustarnos— que inventaba él mismo. Tenía viva la imaginación y nosotras —estarían Chon y Lolita, sus hermanas, que eran tres y cinco año menores que Josemaría— le escuchábamos atentamente y un poco asustadas» |79|.

* * *

De 1908 a 1912, en que comienza sus estudios de bachillerato, Josemaría preparó la "enseñanza primaria". Según las disposiciones vigentes la jornada escolar era de seis horas de clase, tres por la mañana y tres por la tarde. Para el hijo de los Escrivá el horario se prolongaba. Por las tardes hacía los deberes bajo la supervisión de un profesor, para su mejor aprovechamiento. Curso tras curso estudiaban los alumnos las mismas asignaturas, aunque cada año con mayor amplitud. El currículo de materias era un combinado enciclopédico de ingredientes dispares, que abarcaba desde las Nociones de Higiene y los Rudimentos de Derecho hasta el Canto o el Dibujo |80|.

La enseñanza específica y sobresaliente del colegio era la escritura, arte en el que los Escolapios tenían fama justificada. La "letra escolapia" era una gallarda letra española, alta, gruesa y sin adornos o rasgos extravagantes |81|. Conseguir maestría requería mucha aplicación. Los principiantes emborronaban hojas y más hojas de papel. Los renglones se les iban en curvas caprichosas, como el perfil de una cordillera. Se manchaban los dedos al hundir el palillero en los pocillos de tinta. Luego venía el maestro, corrigiendo a los niños. Les mostraba cómo empuñar la pluma y, para que siguiesen horizontalmente los renglones, les ponía debajo del papel una falsilla, cuyas rayas se transparentaban, rectilíneas y paralelas.

Con los años esos recuerdos suscitarían en la mente de Josemaría metáforas sobrenaturales. En su omnipotencia Dios no precisa de falsilla ni de palillero, porque así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe |82|.

Josemaría adquirió pronto un estilo caligráfico fácilmente reconocible a todo lo largo de su vida. Su personalidad se muestra en los trazos enérgicos, amplios y sencillos, que hacen inconfundible su escritura, desde una época temprana de colegial. En sus rasgos se revela un temperamento decidido, franco y generoso.

De pequeño —refería su hermana Carmen— «cuidaba mucho de no lesionar los derechos de los demás: prefería perder a que un compañero suyo saliera perjudicado» |83|. Pues bien, algo parecido menciona un compañero de colegio cuando dice que «no era pendenciero, y cedía fácilmente antes de reñir» |84|. Lo cual no significa que Josemaría tuviese un carácter encogido, según se deduce de su pelea con otro colegial, apodado "Patas puercas". Por razones que nadie detalla, se sacudieron de lo lindo hasta quedar ambos enteramente satisfechos. En todo caso, Josemaría aprendió que la violencia es arma que jamás convence al contrario, por lo que renunció a su empleo, de allí en adelante |85|.

Su tendencia a ser generoso con sus compañeros revela una incipiente magnanimidad, que iba unida a su mucha delicadeza en el trato, como lo confirma lo excepcional de la pelea con "Patas puercas". Bueno es traer aquí la anécdota de cuando unos chiquillos de Barbastro clavaron un murciélago en la pared y despiadadamente lo apedrearon. A Josemaría, al que la sensibilidad de su naturaleza impedía tomar parte en diversión tan cruel, se le quedó grabado el recuerdo de aquel suceso |86|.

Recordaba el niño que, yendo tranquilamente por la calle, en dos ocasiones se le acercó por detrás un perro y le mordió, sin previo aviso y sin que hubiese sido provocado el animal. Soportó valientemente el dolor y fue a casa de su tía Mercedes a que le curasen, preocupado por no dar un disgusto a su madre |87|. Con sucesos de este género se le fue curtiendo el carácter para aguantar mayores inconvenientes morales o físicos, aunque nunca consiguió vencer su natural resistencia a estrenar traje o llamar la atención de cualquier otro modo. Ya no se agazapaba debajo de la cama, como hacía antes, de pequeño. Ahora adoptaba otra táctica. Si los alumnos de la clase tenían que hacerse una foto en grupo, por ejemplo, se les avisaba para que ese día viniesen todos bien trajeados. Josemaría ni aludía a ello en casa. Después, al enviar la foto a los padres, a doña Dolores le cogía de sorpresa. No era necesario hacer averiguaciones. Se echaba de ver que todas las madres se habían preocupado de que sus hijos fueran bien arreglados; el suyo era el único que no llevaba traje de fiesta.

«Josemaría —le decía su madre—, pero ¿es que quieres que te compremos los trajes viejos?» |88|.

En el hogar de los Escrivá, a pesar de vivir con holgura, se economizaba, sacando partido a cosas que para otros resultarían inservibles. Allí reinaba el orden. Si un niño rompía un jarrón u otro objeto valioso, enseguida se pegaban los trozos o se mandaba a recomponer con lañas. En la casa había varios relojes, y todos marcaban la misma hora. Don José, sin ser maniático, amaba la puntualidad, porque nunca se sabe a dónde se va a parar con el desorden. Sabiduría que el ama de casa resumía con un dicho popular cuando, al recoger las cosas de la costura, amonestaba a su hija Carmen: «Con los hilos que se tiran, el demonio hace una soga» |89|.

Su padre fue siempre su mejor amigo. A él acudía el niño en busca de aclaración a problemas o dificultades, sabiendo de antemano que la respuesta de don José sería satisfactoria. Así llegó a comprender el que le tuviesen corto de dinero y que, al mismo tiempo, respetasen en casa las decisiones que tomaba. Ni le abrían la correspondencia con los amigos ni le vigilaban a escondidas. Y esa confianza con que le trataron los padres contribuyó no poco a hacerle dueño y responsable de sus actos.

Por don José supo de la "cuestión social": de las relaciones entre obreros y empresarios, de las asociaciones para defensa de los intereses comunes de los trabajadores y del debatido tema de la justa retribución a los asalariados |90|. De hecho no se presentaban conflictos sociales en Barbastro. En la comarca no existían grandes industrias ni población proletaria; tampoco latifundios. La pequeña burguesía, los terratenientes que se dedicaban a las labores del campo y los comerciantes locales compartían pacíficamente el pan y las buenas costumbres con sus empleados y colonos.

Aun cuando el pueblo, siguiendo las tradiciones multiseculares, se mantenía practicante y piadoso en materias de religión, todo el país estaba fragmentado por luchas ideológicas. Barbastro no era ajeno a esta desunión que existía en toda España. La diversidad se reflejaba en las tertulias de sus varios círculos y casinos: "La Unión", "El Porvenir", "El Siglo Nuevo" o "La Amistad". De este último era socio don José. La prensa regional se correspondía con la corriente de opiniones de los contertulios. Los periódicos que leían eran: "La Cruz del Sobrarbe", "La Época", "El País", "El Eco del Vero" y "El Cruzado Aragonés" |91|.

Los católicos españoles muy difícilmente se pondrían de acuerdo para resolver la "cuestión social". El Papa León XIII, en la encíclica Rerum Novarum (15-V-1891) había sentado doctrinalmente los principios éticos del orden económico, despertando la conciencia de los fieles. Lo cierto es que el programa de renovación social se emprendió con bastante retraso, y fue el ejemplo de otros países el que arrastró a los españoles |92|. En el período que media entre 1902 y 1915, las gentes de Barbastro, y de manera destacada don José Escrivá, trataron de poner remedio a la cuestión. Fundaron un periódico en 1903: "El Cruzado Aragonés"; crearon el "Salón de Buenas Lecturas" (1907) y mantuvieron un "Centro Católico Barbastrense" (1909), cuya finalidad era «promover la defensa y realización del orden social y de la civilización cristiana, según las enseñanzas de la Iglesia» |93|. Todos estos proyectos, sin duda alguna, rebosaban buena voluntad, pero la gran batalla se estaba librando en ambientes intelectuales más elevados, esto es, en las instituciones de enseñanza universitaria y en los campos científicos. Los católicos sufrirían pronto las consecuencias de una desidia intelectual arrastrada durante siglos.

Don José tenía a su cargo a los dependientes de "Juncosa y Escrivá" y a los del obrador de chocolate anejo al comercio de tejidos. Era buen patrono. Retribuía a sus obreros con justicia y atendía también a sus necesidades espirituales. Todos los años costeaba de su bolsillo unas conferencias cuaresmales para sus empleados. Organizaba el horario de trabajo para que pudieran asistir esos días y, por delicadeza, para que no se sintieran coaccionados por su presencia, se abstenía de acudir a esos actos religiosos |94|.

* * *

En España no solían hacer los niños la Primera Comunión hasta haber cumplido los doce o trece años, costumbre seguida también en otros muchos países. Fue en virtud de un decreto de san Pío X, en 1910, cuando se rebajó esa edad al momento en que se alcanzase el uso de razón, alrededor de los siete años |95|. La fecha de la disposición coincidía con los preparativos para el Congreso Eucarístico Internacional que iba a celebrarse en Madrid en junio de 1911. Por ello se hizo en todas las parroquias de España una intensa labor catequética, con la idea de que se acercasen a recibir la Sagrada Eucaristía el mayor número posible de niños.

Un religioso escolapio, el padre Manuel Laborda de la Virgen del Carmen —el "padre Manolé", como le llamaban con afectuosa jovialidad los alumnos—, se ocupó de preparar a Josemaría. Y, en tanto llegara el tan esperado día de la Primera Comunión, le enseñó al niño una oración que mantenía vivo su deseo: —«Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos» |96|. Oración que, desde entonces, recitó con mucha frecuencia.

La víspera del día señalado se llamó al peluquero para que le arreglase el peinado; pero al ir a cogerle un mechón de pelo con las tenacillas ardiendo, para hacerle un bucle, le produjo una quemadura en la cabeza. Aguantó el niño sin quejarse, para evitar una regañina al peluquero y no causar un disgusto. Más adelante terminaría descubriendo su madre la cicatriz de la quemadura |97|. Y desde entonces, en los días de fiesta, el Señor anunciaría su presencia a Josemaría con el dulce criterio del dolor o de la contradicción, como una caricia |98|.

Hizo la Primera Comunión el 23 de abril de 1912, justamente a los diez años de haber sido confirmado. Era la fiesta de san Jorge, patrono de Aragón y Cataluña, y día tradicional para la ceremonia, que tuvo lugar en la iglesia del colegio de los Escolapios. En el momento de recibir la Sagrada Comunión pidió por sus padres y hermanas, suplicando a Jesús que le concediese la gracia de no perderlo nunca.

Siempre recordó con fervoroso candor los aniversarios de esa fecha, en que el Señor, como decía: quiso venir a hacerse el dueño de mi corazón |99|.

NOTAS

 

71. Sobre la visita pastoral: cfr. "Observaciones sobre la S. Visita Pastoral", en el B.E.O. de Barbastro, año 1908, p. 180. Y, acerca de la preparación por parte de la madre: cfr. Florencio Sánchez Bella, Sum. 7539; Javier de Ayala, AGP, RHF, T-15712, p. 4. Cfr. también AGP, RHF, D-04311-7.

El p. Enrique Labrador de Santa Lucía había nacido en Codoñera (Teruel), en 1855. Estuvo en Barbastro desde octubre de 1902 hasta agosto de 1909. Tendría unos 52 años cuando el pequeño Josemaría hizo su primera confesión. Falleció pocos años después, en 1912, en Daroca.

72. Javier Echevarría, Sum. 1780; y Álvaro del Portillo, Sum. 40.

De su viaje de catequesis por la península ibérica, en 1972, son estas palabras:

Hay muchos que no quieren, que desprecian el Sacramento, y hasta dicen, por ejemplo, que confesar a los niños es perder el tiempo, y que los niños se asustan.

A mí me llevó mi madre a su confesor, cuando tenía seis o siete años, y me quedé muy contento. Siempre me ha dado mucha alegría recordarlo... ¿Sabéis lo que me puso de penitencia? Os lo digo, que os moriréis de risa. Aún estoy oyendo las carcajadas de mi padre, que era muy piadoso pero no beato. No se le ocurrió al buen cura —era un frailecito muy majo— más que esto: dirás a mamá que te dé un huevo frito. Cuando se lo dije a mi madre, comentó: hijo mío, ese padre te podía haber dicho que te comieras un dulce, pero un huevo frito...

¡Se ve que le gustaban mucho los huevos fritos! ¿No es un encanto? Que venga al corazón del niño —que todavía no sabe nada de la vida— el confesor de la madre, a decirle que le den un huevo frito... ¡Es magnífico! ¡Aquel hombre valía un imperio! (AGP, P04 1972, p. 312).

73. Las actas del bautismo se encuentran en los archivos de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Barbastro, "Libro de Bautismos XLIV", fol. 35, 64 y 115v., respectivamente.

74. «Mi hermana mayor, Esperanza, —cuenta Adriana Corrales— vino a ser íntima de Carmen, la hermana mayor de Josemaría, porque tenían prácticamente la misma edad [...]. Muchas horas de mi infancia las pasé en aquella casa de los Escrivá, en la calle Argensola, con sus balcones principales dando a la plaza [...]. Unas veces nos quedábamos en una habitación que habían destinado a los niños y que llamábamos la "leonera" porque a doña Lola le gustaba que jugásemos en su casa» (Adriana Corrales, AGP, RHF, T-08202, p. 1).

75. Cfr. Álvaro del Portillo, PR, p. 28; Carta 29-VII-1965, n. 49.

76. Javier Echevarría, PR, p. 1921; Jesús Alvarez Gazapo, Sum. 4464.

77. «A doña Dolores, añade, le gustaba colaborar en nuestras aficiones y juegos. Algunas veces nos dejaba cosas viejas —esas que siempre hay en las casas—, para disfrazarnos» (cfr. Esperanza Corrales, AGP, RHF, T-08203, p. 3).

78. María del Carmen Otal Martí, AGP, RHF, T-05080, p. 1.

79. Adriana Corrales, AGP, RHF, T-08202, p. 8.

80. En la enseñanza primaria cursó las siguientes asignaturas: Doctrina cristiana y nociones de Historia Sagrada; Lengua castellana, lectura, escritura y gramática; Aritmética; Geografía e Historia; Rudimentos de Derecho; Nociones de Geometría; Nociones de Ciencias físicas, químicas y naturales; Nociones de higiene y fisiología humana; Dibujo; Canto; Trabajos manuales y Ejercicios corporales.

El vendaval revolucionario se llevó en 1936 la mayor parte de los documentos del archivo del Colegio de los P.P. Escolapios. Quedan, no obstante, los "Libros de Registro de Asistencia" y los llamados "Cuadernos del Padre Manuel".

Los Libros de Registro de Asistencia contienen folios formalizados para controlar la asistencia de los alumnos. No están en muy buen estado de conservación. Se han encontrado datos referentes al alumno en el Libro de Registro de la Escuela Completa de niños o Escuela de Escribir (1904-1912) y en el Libro de Registro de la Escuela de Ampliación o Escuela Nueva.

Los Cuadernos del Padre Manuel eran los cuadernos donde el P. Manuel Laborda llevaba las listas de los alumnos que tenía en clase. Se conservan cuadernos, cosidos entre sí, sin guardar bien el orden, desde 1872 hasta 1915 en que dejó de dar clases.

También hay algunos datos que se refieren al pequeño Josemaría en el Boletín Oficial del Obispado, año LV, n. 18, 18-24-XI-1908, p. 284, y en el semanario Juventud del 13-III-1914 y del 12-VI-1914.

Consta en estos documentos que, durante el curso 1908-09, era alumno de la Escuela de párvulos y durante el curso 1910-11 de la Escuela elemental completa. Aunque no hay datos, puede deducirse que en el curso 1909-10, cursaría la Escuela elemental incompleta. En el curso 1911-12 aparece inscrito en la Escuela de ampliación y el 11 de junio de 1912 aprobó la enseñanza primaria e ingresó en el bachillerato en el Instituto de Huesca. Consta también que durante los cursos 1912-1913 y 1913-1914 cursó el primero y segundo de bachillerato y que el semanario Juventud lo citó como uno de los alumnos más aventajados de los PP. Escolapios. En el Colegio no hay datos sobre su asistencia en el curso 1914-1915 en el que hizo el tercero de bachillerato (cfr. certificado extendido por el P. Vicente Moreno SchP, Rector del Colegio, en Barbastro, el 14-II-1984: AGP, RHF, D-04311-8).

81. Cfr. J. Lecea Pellicer, Las Escuelas Pías de Aragón en el siglo XVIII, Madrid 1972, pp. 48 y ss. y 264 y ss..

82. A. del Portillo: Monseñor Escrivá de Balaguer, instrumento de Dios (texto publicado en En Memoria de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Eunsa, Pamplona 1976), p.34. Y en Camino, n. 882, se lee otra imagen escolar, autobiográfica, a lo divino: Ten compasión de tu niño: mira que quiero escribir cada día una gran plana en el libro de mi vida... Pero, ¡soy tan rudo!, que si el Maestro no me lleva de la mano, en lugar de palotes esbeltos salen de mi pluma cosas retorcidas y borrones que no pueden enseñarse a nadie.

Desde ahora, Jesús, escribiremos siempre entre los dos.

83. Cfr. Encarnación Ortega, AGP, RHF, T-05074, p. 90. «Josemaría tenía muchos amigos —refiere Esperanza Corrales, amiga de Carmen—: hijos de familias conocidas de sus padres y compañeros del colegio. Se reunían a veces en la casa de los Esteban —el padre era Notario—, propietarios del inmueble en el que estaba el negocio "Juncosa y Escrivá". Vivían en el primer piso de la misma casa de la calle del general Ricardos. Allí se reunían con Josemaría y los hermanos Esteban, los Cagigós, los Sambeat, los Lacau, los Fantoba» (Esperanza Corrales, AGP, RHF, T-08203, p. 10).

84. Martín Sambeat, Sum. 5681. Y añade Martín Sambeat que «era buen compañero de todos, y jugaba como todos a los juegos habituales de aquellos tiempos, tales como la peonza, las bolas, la pelota, el aro y los toros». Pascual Albás, primo de Josemaría, refiere que «sacaba unas calificaciones estupendas; era muy inteligente. En casa, siempre nos ponían como ejemplo las buenas notas que obtenía Josemaría. Tenía muy buen humor, era muy alegre y constante en sus obligaciones, piadoso: se le notaba ya su gran personalidad» (Pascual Albás, AGP, RHF, T-02848, p. 1).

85. Cfr. Álvaro del Portillo, PR, p. 88; Javier Echevarría, Sum. 1774 y 1775.

86. Álvaro del Portillo, Sum. 62; Javier Echevarría, Sum. 1775.

87. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 18; Javier Echevarría, Sum. 1774.

88. Cfr. Javier Echevarría, Sum. 1793.

89. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 31.

90. El año 1898, en que se casaron los padres de Josemaría, se cerraba una etapa de la historia de España. El 10 de diciembre de ese año, con el Tratado de París, terminaba el imperio colonial español. La pérdida de Cuba, Puerto Rico y las Filipinas tuvo desastrosos efectos en la moral de toda la nación; pero produjo al mismo tiempo una resurrección crítica de los espíritus y de las ideas de algunos intelectuales, a los que se conoce como la generación del 98.

Igual que en el resto de Europa, se agudiza también por entonces el problema obrero, que había estado latente durante los últimos veinte años. Es decir, desde que, con la restauración monárquica de 1874 y la flexible Constitución de 1876, se había logrado un largo periodo de paz y orden, en el que se alternaban en el poder político conservadores y liberales. Sin embargo, las tensiones existentes en la vida española eran de orden más profundo: reformas sociales, exigencias económicas y reivindicaciones obreras.

91. "La Cruz del Sobrarbe" era de inspiración carlista y se fundó hacia 1889; "La Época" era conservador; "El País", de la corriente liberal de Sagasta; "La Defensa", fundado en 1887 como independiente, se pasó luego a la corriente liberal de Castelar; "El Eco del Vero" era republicano; y "El Cruzado Aragonés", fundado en 1903, católico; "Juventud", en fin, fundado en 1914, era de la diócesis. Sobre Barbastro a final del siglo XIX, cfr. P. Riera y Sans, Diccionario Geográfico, Estadístico, Histórico... de España, Barcelona 1882, vol. II, pp. 48 y ss.

92. Un intento de este tipo fue la empresa apostólica social del cardenal Cascajares, Arzobispo de Valladolid. Esta iniciativa política alcanzó el poder en 1899. Su corta experiencia no fue satisfactoria y produjo fuertes reacciones anticlericales (cfr. G. Redondo, La Iglesia en la Edad Contemporánea, en AA. VV., Historia de la Iglesia, vol. III, Madrid 1985, p. 173).

León XIII, con su encíclica Graves de communi, publicada el 18-I-1901, renueva la llamada hecha con la Rerum novarum (15-V-1891) en favor de la acción conjunta de los católicos; y nombra al cardenal Primado de Toledo y a sus sucesores como directores de esta acción. De particular importancia fue la carta que el cardenal Primado envió a los obispos el 16-X-1909. Sus indicaciones fueron, a su vez, recogidas por mons. Isidro Badía y Sarradell, obispo de Barbastro, para sus diocesanos por Carta Pastoral publicada el 9-II-1910.

93. Cfr. "Boletín Eclesiástico Oficial del Obispado de Barbastro", año LVII, nº 5 (22-III-1910), pp. 96-105. Los Estatutos del Centro Católico Barbastrense se presentaron al Obispo A.A. de Barbastro que los aprobó en un decreto del 8-XII-1908. Unos días después, el 16-XII-1908, se presentaron también en el Gobierno Civil de Huesca. Firmaban la presentación 14 personas, entre las que figura en sexto lugar, don José Escrivá, padre de Josemaría. Eran también fundadores de este Centro, don Juan Juncosa, socio del negocio del padre de Josemaría, Juncosa y Escrivá, y su cuñado, don Mauricio Albás.

El Centro Católico Barbastrense tuvo, desde su fundación, un carácter marcadamente social. Un año después de su constitución, en cumplimiento de lo que prescribía el art. 7º, se creó la Mutualidad Católica que incluía: una Caja de Socorros Mutuos, una Caja de Ahorros y un Monte de Piedad (cfr. "Boletín Oficial de la Diócesis", LVII, nº 6 (1-IV-1910), pp. 107-130, en que se publica el Reglamento de la Mutualidad Católica con la aprobación del Obispo A.A. y del Gobierno Civil).

En 1910 el Obispo constituyó el Consejo Diocesano de las Asociaciones Católico-Obreras, para coordinar todas las iniciativas sociales de la diócesis, y nombró justamente a los mismos que formaban la Junta del Centro Católico Barbastrense.

94. Cfr. Javier Echevarría, Sum. 1761; Joaquín Alonso, PR p. 1648; José Ramón Madurga, PM, f. 269.

95. "Aetas discretionis tum ad Confessionem tum ad S. Communionem ea est, in qua puer incipit ratiocinari, hoc est circa septimum annum..." (en A.A.S., II, nº 15, 15-VIII-1910, p. 582).

96. Álvaro del Portillo, Sum. 42. Cfr. Javier Echevarría, Sum. 1778, que añade: «Guardó siempre un recuerdo de particular afecto al viejo Escolapio que le enseñó la comunión espiritual. Desde que era niño, cuando se preparaba para recibir la Primera Comunión, repitió constantemente esa fórmula. Le he oído predicar muchas meditaciones sirviéndose de esa oración, repitiéndola palabra por palabra. Decía que llena el alma de paz y de sosiego, aun en los momentos de sequedad o de escrúpulo, cuando el alma se ve tan pobre y tan cargada de miserias frente a la maravilla de un Dios que se nos entrega sin reservas». Cfr. también Jesús Alvarez Gazapo, Sum. 4278.

Sobre el p. Manuel Laborda: cfr. AGP, RHF, D-04311-7. El P. Manuel Laborda de la Virgen del Carmen había nacido en Borja (Zaragoza) en 1848 y tenía 64 años. Era profesor de Religión, Historia, Latín y Caligrafía, y apuntaba datos de los alumnos en cuadernos que se han conservado en parte. Murió en Barbastro en 1929.

97. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 18; Javier Echevarría, Sum. 1781; Encarnación Ortega, AGP, RHF, T-05074, pp. 45 y 140.

98. El 28 de marzo de 1950, aniversario de sus Bodas de Plata sacerdotales, decía a unas hijas suyas: Ha sido un día plenamente feliz, cosa no corriente en las fechas destacadas de mi vida, en las que el Señor siempre ha querido mandarme alguna contrariedad. Por eso decía que: Hasta el día de mi Primera Comunión, cuando me estaban vistiendo, al peinarme, quisieron rizarme y me hicieron una quemadura con la tenacilla. No era una cosa grave, pero para un niño de aquella edad, era bastante. Cfr. Encarnación Ortega, AGP, RHF, T-05074, pp. 45 y 140.

99. Álvaro del Portillo, Sum. 42; cfr. también AGP, P01 1969, p.116. He aquí algunas anotaciones de sus Apuntes:

23 de abril de 1931: San Jorge. Hace diecinueve años que hice mi primera Comunión (n. 194).

Día de San Jorge, 1932: Hoy hace veinte años que recibí por primera vez la sagrada Comunión. Señor San Jorge, ruega por mí (n. 707).

Vísperas de S. Marcos, 1933: Ayer veintidós años de mi primera Comunión. ¡Dios mío! (n. 989).

23 de abril. ¡San Jorge! No se me olvida que hoy es aniversario de mi primera Comunión. ¡Cuántas cosas dejo de anotar! (n. 1180).

Día 30 de Abril de 1936: [...] En Valencia, el día de San Jorge, aniversario de mi primera Comunión, me porté como un zángano, mejor, como un perfecto Borrico: rebuznar, y aún... Puedo decir que no sé rezar bien ni una avemaría. ¡Madre, Mamá del cielo! (n. 1332).

Cfr. también C 209, 29-IV-37.