Amor al Papa
PREGUNTA: El Fundador del Opus Dei se conmovía también ante las manifestaciones de cariño del Romano Pontífice.
Se entusiasmaba con los detalles de cariño, grandes o pequeños, que recibía. Removía comprobar con qué ternura llevaba en su cartera la fotografía del Papa Pío XII, con una dedicatoria escrita de su puño y letra.
Experimentaba ese mismo gozo cuando Juan XXIII le enviaba regalos a través de su secretario, Mons. Capovilla, y cuando, con la sencillez que caracterizaba al Santo Padre, le decía: "dobbiamo vederci spesso" ["debemos vernos con frecuencia"]. También se percibía el contento del Fundador al comprobar que el Romano Pontífice seguía muy de cerca y con mucho afecto el trabajo del Opus Dei.
No puedo olvidar su júbilo cuando salió de la audiencia del 10 de octubre en 1964, en la que Pablo VI le entregó un quirógrafo, en el que se alaba la labor del Opus Dei, y le obsequió con un cáliz igual al que había regalado al Patriarca Atenágoras. No hacía más que repetir y ponderar el cariño con que el Santo Padre miraba a sus hijos, también a mí, decía, que soy el más indigno y no merezco nada.
Agradecía vivamente ser recibido por el Papa: con gran responsabilidad, hablaba de lo necesario, de modo claro, con sencillez y sinceridad. No dejaba de referir noticias y sucesos que pudiesen alegrar, confortar y distraer al Santo Padre, pues estaba persuadido de que era muy grande la cruz que cargaba sobre sus hombros. Jamás se le olvidó una conversación, antes de 1950, en la que Mons. Montini le agradecía mucho sus visitas, puesto que no dejaba de transmitirle tantas satisfacciones por la labor apostólica del Opus Dei; y el entonces Sustituto concretaba: "al Santo Padre y, por lo tanto, a sus servidores, nos llegan fundamentalmente disgustos y malas noticias, con lo que es difícil mantener la serenidad, la tranquilidad y el buen humor. Por eso le agradezco mucho, Monseñor, que me traiga estas noticias, que me hacen ver lo que ya sé: un panorama de la Iglesia vivificador y esperanzador para todos los tiempos".
He de precisar que Mons. Escrivá de Balaguer no se ponía nervioso nunca. Sin embargo, cuando estaba cerca del Romano Pontífice, sentía una auténtica conmoción, que jamás quiso perder ni ocultar. E igualmente, gozaba cuando conseguía que pasase yo, como secretario, a saludar al Sucesor de Pedro. Siempre me decía lo mismo: póstrate de rodillas en tierra, y aprovecha esos momentos para demostrar tu cariño y tu veneración, y para aumentar tu oración y tu unión al Vicecristo, al Papa. Pude apreciar idéntica turbación en 1965, durante la ceremonia de inauguración del Centro ELIS. En el discurso que dirigió a Pablo VI, le temblaban la voz y las manos, cosa completamente inusitada en su personalidad, que había afrontado las más difíciles circunstancias con serenidad y aplomo.