Roma locuta, causa finita
PREGUNTA: Vd. pudo apreciar ya su amor al Romano Pontífice en el verano de 1950, en Castelgandolfo, no lejos de la residencia papal.
De aquella temporada recuerdo el afecto con que nos hablaba del Papa. Se levantaba y acudía con ilusión, cuando corríamos hacia la carretera para ver pasar a Pío XII, que volvía de Roma a Castelgandolfo, después de las audiencias con motivo del Año Santo. Nos pedía que le encomendásemos muchísimo, que le quisiésemos, y procurásemos manifestarle nuestro cariño, porque debíamos ver siempre en el Papa al sucesor de Pedro y al "dolce Cristo in terra". Contemplé cómo recibía, con verdadera devoción, la bendición que el Santo Padre iba impartiendo desde el coche.
Quiso que, antes de volver yo a España, pasase dos días en Roma, para ganar el Jubileo y visitar las cuatro Basílicas. Me pidió que rezase con mucha fe, especialmente en San Pedro, sintiéndome muy unido al Papa, para que se incrementase la santidad de los que formamos parte de la Iglesia, y aumentasen en todas partes las conversiones. Me recomendó que no me olvidase de mi familia, añadiendo a mi devoción personal la de mis parientes, considerando que estaba como representándoles a ellos, que desearían tener la fortuna de rezar en la Ciudad Eterna, junto a la sede de Pedro.
Muy pronto vi cómo renovaba continuamente la oblación de su vida por el Romano Pontífice, dispuesto a entregarla en cualquier momento, con la gracia de Dios. Y reiteró ese ofrecimiento en la mañana del 26 de junio de 1975.
Repetía, con absoluto convencimiento, las palabras del Salmo XXXV, 10: apud Te est fons vitae et in lumine tuo videbimus lumen! ["¡en Ti está la fuente de la vida y en tu luz veremos la luz!"]; lo hacía para fomentar su identificación con el Vicario de Cristo en la tierra. Siempre estuvo persuadido de que su unión a la Trinidad Beatísima se haría más fuerte en la medida en que se adhiriera, con el entendimiento y con la voluntad, a las intenciones y a la persona del Papa.
Se palpaba cómo quería servir a ese Buen Pastor, que goza de la asistencia del Espíritu Santo para gobernar a la Iglesia. Por eso, con naturalidad y plenitud de fe, había hecho suyo el adagio Roma locuta, causa finita.
De esa fe nacía también una reacción de tristeza y de reparación cuando se maltrataba al Santo Padre o se despreciaba o tergiversaba su enseñanza. Viene a mi memoria su indescriptible disgusto cuando, en 1968, al presentar la Encíclica Humanae vitae por la televisión, un eclesiástico, probablemente sin darse cuenta, arañó el alcance del documento con unas precisiones impertinentes. Aquella noche, Mons. Escrivá de Balaguer hizo muchos actos de desagravio, por la confusión que esas palabras habían podido sembrar y por la falta de lealtad, al menos material, de aquella persona respecto de la autoridad del Romano Pontífice.
Había soñado en su juventud con estar muy cerca del Papa, aunque fuesen sólo unos instantes, para demostrarle su cariño y disponibilidad. Era inmenso su júbilo cuando estaba físicamente a su lado: así lo comprobé cuando le acompañaba a las audiencias. Asistía dichoso a las ceremonias de canonización. Mons. Montini y Mons. Tardini tenían mucho interés en invitarle a esas solemnidades, para que sintiese la proximidad del Santo Padre. Le proporcionaban asientos situados detrás de los que ocupaban ellos mismos, que por entonces desempeñaban los cargos de Sustituto y de Secretario del Consejo de Asuntos extraordinarios de la Iglesia.
Le he escuchado multitud de veces las expresiones Padre común, o casa del Padre común, para referirse al Santo Padre o a la Sede Apostólica. Le hacían sentir la catolicidad de la Iglesia. Gozaba hondamente con todo lo que alegraba al Papa, e igualmente sufría con sus padecimientos.
A este propósito, recuerdo que, en octubre de 1958, apenas conoció la noticia de la gravedad de Pío XII, estuvo muy pendiente de las comunicaciones oficiales sobre el desarrollo de la enfermedad. Fue muy grande su pesadumbre cuando transmitieron en el telediario imágenes de su agonía. Rogó al Señor que iluminase a las personas que intervenían en esas transmisiones, para que respetasen la intimidad del Papa, también como ser humano, y no difundiesen esos momentos de angustia y de lucha con la muerte.
Una reacción semejante se produjo cuando enfermó gravemente Juan XXIII. Vi su rostro de sufrimiento cuando nos refería lo que le había contado Mons. Dell'Acqua: se escapaban del corazón de Mons. Escrivá de Balaguer palabras y expresiones, suspiros de acompañamiento muy afectado por los dolores que padecía el Padre común.