Si el Opus Dei no fuera para servir a la Iglesia sería mejor que se disolviera
PREGUNTA: Páginas atrás, aludía brevemente a la prueba que sufrió Mons. Escrivá de Balaguer, al pensar que el Opus Dei no era de Dios. Considero que lo sucedido en torno a esa tentación sintetiza los sentimientos profundos de su alma respecto de la Iglesia.
El 22 de junio de 1933, mientras rezaba en la tribuna de la iglesia del Perpetuo Socorro de Madrid, en la calle de Manuel Silvela, el Señor permitió que viniese a su pensamiento una idea aterradora. Con rapidez fulgurante le pasó por la cabeza este pensamiento: ¿y si lo que estás haciendo no es cosa de Dios, es cosa tuya, y estás engañando a las gentes que te siguen con tanto entusiasmo? Reaccionó inmediatamente: Señor, si no es tuya, destrúyela; si es, confírmame. Nos confesaba que nada más hacer este ofrecimiento, sintió con más seguridad todavía que la Obra no era un querer humano, sino un mandato de Dios, que le utilizaba como instrumento.
Una situación semejante se produjo en La Granja de San Ildefonso, el 25 de septiembre de 1941. Pasaba allí dos o tres días, para recuperarse del intenso trabajo que había llevado a cabo durante ese año. Ante las grandes contradicciones que padecía entonces, vino a su mente durante la Misa la posibilidad de que desde Roma no se concediese la aprobación, si se presentaba la Obra como esa monstruosidad que los perseguidores denunciaban. El Fundador, con lágrimas en los ojos, pero con una confianza total, se ofreció a Jesús Sacramentado en la Hostia Santa: Señor, si tú lo quisieras, acepto la injusticia. A continuación, como ya le había ocurrido en 1933, experimentó la fuerza de la esperanza y la plena seguridad de que se haría el Opus Dei, al ser una empresa enteramente de Dios. Se conserva la carta que escribió enseguida a don Álvaro del Portillo; al referir su abandono ante la vacilación, que le produjo no poco sufrimiento, aunque fue cuestión de segundos, añadía: ¿cómo me iba a negar a hacer ese acto de unión con su Voluntad, si me lo pedía?
En 1951, nos expresó de manera terminante a un grupo de jóvenes: si el Opus Dei no fuera para Dios, para servir a la Iglesia, sería mejor que se disolviera. Y agregó: ¡yo no lo querría para nada! Como es lógico, además de mostrar su adhesión más completa a la Iglesia, estaba decidido a jugárselo todo por servirla: con la gracia de Dios, estoy dispuesto a dar mi vida por la Iglesia y por el Papa. ¡Con la gracia de Dios, porque yo solo no soy capaz de nada!