Pobreza en lo pequeño
PREGUNTA: Los miembros del Opus Dei se comprometen a ayudar al sostenimiento de las labores apostólicas mediante su trabajo profesional, pero conservan el patrimonio -si lo tienen-, sobre el que deciden con libertad y responsabilidad cristianas. Quizá por esto, Mons. Escrivá de Balaguer acentuaba tanto la necesidad de hacer examen de conciencia sobre la virtud de la pobreza.
Un padre de familia quiso hablar una vez con el Fundador del Opus Dei, para pedirle cuentas por la dedicación de su hijo a la Obra, alegando que poseía un gran patrimonio y deseaba saber qué destino se daría a esos bienes. Después de escucharle pacientemente, le contestó que lo único que le interesaba de su hijo, si tenía vocación, era que buscase con afán la santidad propia y la de las almas que trataba. Respecto al patrimonio económico, aparte de que su hijo tiene libertad para disponer como le dé la gana, no me interesa absolutamente ni una perra gorda. Por mí puede hacer, si quiere, una plaza de toros para su ciudad natal.
En varias ocasiones le he oído que aceptó con gozo la Voluntad del Señor, cuando falleció -en 1932- Luis Gordon, uno de los primeros miembros del Opus Dei, y uno de los pocos que había acabado ya su carrera universitaria y estaba en condiciones de ayudarle. Además, su familia contaba con abundantes medios económicos, y hubiera podido contribuir al desarrollo de la labor con su patrimonio, y con donativos procedentes de sus amistades. Siempre nos explicaba que comprendió con claridad que Dios le hacía ver así la necesidad de estar desprendido de las cosas de la tierra, hasta de lo que humanamente se encuentra a nuestra disposición.
No se atribuía ningún mérito, cuando evocaba este desasimiento. Y llegaba siempre a la misma conclusión: ¡qué bien hace las cosas el Señor! Me dejaba ver, de una o de otra manera, con constancia, que la Obra era de Él, y tenía que realizarla contando única y exclusivamente con Él, sin apoyarme para nada en los medios humanos. Después, con buen humor, añadía que su madre le repetía muchas veces que el Señor había previsto las cosas perfectamente, porque -agregaba- "tienes las manos horadadas y hubieses dado, a cualquiera que te hubiese pedido una limosna, hasta el último céntimo, sin quedarte tan siquiera con lo necesario para sobrevivir".
He de precisar que luchó contra el peligro del aburguesamiento, y no dejó de advertirlo a sus hijos, con independencia de su situación social o profesional. Quería evitar, hasta en el más mínimo detalle, que alguno se aburguesase. Gracias a esa insistencia y a las disposiciones que estableció, los miembros del Opus Dei han aprendido a amar y a practicar la pobreza, y procuran no apartarse del rigor con que se vivió desde los comienzos de la Obra, sabiéndose administradores de los bienes del Señor. Por eso, en sus charlas, en sus meditaciones, se preguntaba y preguntaba a los demás si estábamos en condiciones de responder con pobreza heroica a la petición del Señor: redde mihi rationem villicationis tuae ["dame cuenta de tu gestión", Lucas 16,2].
Para recibir a las visitas, se desplazaba desde el segundo piso, donde trabajaba habitualmente, a la zona de la planta baja. Como tenía que caminar por lugares que se utilizaban más bien poco, se encendían al pasar las luces eléctricas, y luego se apagaban. Un día nos rogó que, en lugar de dar las luces, abriésemos las ventanas, porque así ahorraríamos el gasto. Ese mismo día, al volver de las visitas, nos comentó: al daros esa indicación he pensado: Josemaría, ¿eres un roñoso? ¡No!: me doy cuenta de que -en estos detalles pequeños- podemos vivir la finura del hombre que tiene cuidado de lo que es de Dios o de lo que lleva a Dios. La vida de los hombres está llena de estos pequeños esfuerzos, en los que se concreta la realidad de nuestra respuesta, viviendo también un desprendimiento de todo lo que utilizamos.