Señales de la verdadera pobreza en el Opus Dei

PREGUNTA: Sin embargo, el Fundador del Opus Dei daba importancia a otras exigencias de la pobreza laical: buscar y usar adecuadamente los medios necesarios, trabajar con empeño, aprovechar a fondo el tiempo, servir a los demás.

No se cansó de insistir en el recto uso de los medios materiales, cuidándolos para que dieran su máximo rendimiento y estando a la vez desprendidos con alegría. He presenciado también el rigor con que exigía el desasimiento: no hemos de sentirnos propietarios ni de un céntimo, ni de un pequeño objeto. Sería ridículo que, después de haber entregado a Dios la vida entera, nos quedásemos enredados con un capricho o con una pequeñez.

En 1951, le escuché algunas de las exigencias de esta virtud: vamos a concretar algunas señales de la verdadera pobreza en nuestra Obra: a) no tener ninguna cosa como propia; b) no tener cosa alguna superflua; c) no quejarse cuando falta lo necesario; d) cuando se trata de elegir, escoger lo más pobre, lo menos simpático; e) no maltratar nada de nuestro uso, ni en nuestros Centros, ni en los lugares donde trabajamos, ni en cualquier sitio donde nos encontremos; f) aprovechar el tiempo.

Con incansable constancia, repetía: no os creéis falsas necesidades: hay muchas cosas que parecen indispensables, y en realidad no lo son. Por ejemplo, en 1950 supo que habían donado dos coches a un Centro del Opus Dei. Inmediatamente les aconsejó que se quedasen con uno, si lo necesitaban, y vendieran el otro para atender la extensión de la labor de aquel lugar. Les insistió en no tener cosas superfluas, aunque fueran obsequios; que si nos regalan un elefante blanco, no vamos a meterlo en casa; lo venderemos por el precio que nos den, porque no sirve para nuestro trabajo apostólico, y nosotros hemos de utilizar las cosas de la tierra para ayudar a las almas. Todo lo demás, sin ninguna excepción, lo dejamos.

En 1967, en la Sede Central, me hizo una serie de consideraciones sobre la pobreza: evitar que la gente deje de comer innecesariamente; no perder el tiempo en un trabajo mal cumplido; saber superar la falta de paciencia por la duración que requiere una labor, o la precipitación en la realización de la tarea con la que nos hemos de santificar; aprovechar las cosas sacándoles el mejor partido posible; evitar el mal ejemplo y, en cambio, pensar que otras personas han de aprender, si ven realizadas las tareas cotidianas con amor de Dios y bien terminadas; cuidar las cosas pequeñas y no desperdiciarlas, porque pueden ser fuente de un gasto inútil y constante; pensar en la salud de los demás, al preparar la comida.

Enseñó a los miembros del Opus Dei a vivir con la responsabilidad de una persona pobre, que utiliza las cosas, gastando lo menos que puede. Por eso, desde los comienzos, exigió que cada uno ganase con su trabajo lo necesario para su sostenimiento y para ayudar a los apostolados de la Obra. Hacía comprender a todos -a los que acababan de llegar y a los que llevaban muchos años- que no podían desentenderse de la grave obligación de no ser una carga, de contentarse con lo indispensable, y de colaborar con total generosidad en las necesidades apostólicas del mundo entero.