Detalles de pobreza
PREGUNTA: Ya en Roma, en los años cincuenta, Vd. ha sido testigo de excepción de la vida de Mons. Escrivá de Balaguer.
Jamás le he visto con preocupación o interés por tener algo personal, porque pensaba que todos los medios materiales había que dedicarlos a la labor apostólica. Por ejemplo, se había preocupado de ir formando una buena biblioteca teológica, filosófica y jurídica. Sin embargo, nunca puso en los libros su nombre ni, mucho menos, escribió sobre las páginas o las subrayó: quería que los utilizasen los demás, sin sentirse propietario.
En cuanto a los corrientes objetos de aseo personal y los instrumentos de trabajo, tenía lo imprescindible. Utilizaba una pluma con punto gordo, y posteriormente bolígrafo. Aprovechaba el papel al máximo: incluso, dividía los sobres viejos -si no contenían cartas- a modo de fichas pequeñas, en las que tomaba notas. Alguna vez, bromeaba, a propósito de su costumbre de escribir en hojas ya usadas por el otro lado: ¡no escribo de canto, porque no es posible!
Para hacernos comprender la necesidad de cuidar las prendas, recordaba -ya lo he mencionado- el comportamiento de aquel que dejaba la ropa de cualquier manera: es cierto que las cosas deben consumirse, y gastarse, pero sabiendo que no debemos tratarlas mal, sino que es necesario hacerlas durar, ya que no son nuestras: son un medio para nuestra santidad y para nuestro apostolado, porque hemos de utilizarlas como administradores, y no como propietarios que despilfarran lo que tienen.
No admitió más que lo indispensable para su vestido. Recuerdo que, en una ocasión, le regalaron un jersey de lana, e inmediatamente lo envió al almacén, porque ya utilizaba uno. Cuando le comentamos que podía guardarlo, hasta que se le rompiera el otro, no lo admitió: ¿queréis que deje de practicar la bendita pobreza, que nos lleva a no tener más que lo necesario, y a veces menos de lo necesario?
Desde que le conocí hasta 1972, usó las mismas gafas, que había adquirido en 1940. Cambió las de sol en 1974, cuando le hicieron una nueva graduación; se las había comprado en 1940 un miembro del Opus Dei, después de acompañarle en algunos viajes durante la primavera y el verano, cuando el sol brilla fuerte. Inicialmente, le llamó la atención, por pensar que era un objeto innecesario. Después, con el paso del tiempo, agradeció aquel gesto filial, y comprendió que le habían dado posibilidad de trabajar más: no dejó de pedir perdón a aquel hijo suyo.
Cuando rindió su alma al Señor, no costó absolutamente ningún esfuerzo recoger y guardar los objetos de uso personal, pues no tenía más que lo imprescindible.