Sus ambiciones

PREGUNTA: Me interesa ahora volver al principio: la humildad en el ejercicio de sus deberes como ciudadano de la sociedad civil y como sacerdote secular. Soy consciente de que ha provocado murmuraciones, que no calificaré.

Las únicas ambiciones que le he conocido durante los veinticinco años en los que he vivido a su lado, han sido la búsqueda de la santidad, el servicio absoluto y total a la Iglesia Santa, el amor al Vicecristo -como le gustaba llamar al Romano Pontífice-, la entrega incondicionada al apostolado, sin regatear ningún esfuerzo, ni su salud, su honra o su fama, y dejando todo en las manos del Señor.

No deseó ninguna dignidad o puesto de particular prestigio y poder, ni en el campo eclesiástico ni en el campo civil. Como es sabido, recibió honorificencias y distinciones, tanto en una esfera como en la otra. Respecto a las condecoraciones civiles, he de precisar que no nos las comunicaba personalmente; dejaba que nos enterásemos por la prensa, y si alguno pretendía felicitarle, respondía invariablemente: la única Cruz que me importa, que amo y que deseo llevar con garbo todos los días, es la Cruz de mi Señor Jesucristo.

Le fueron otorgando algunas de un sitio y de otro, sin su previo conocimiento: se trataba de distinciones concedidas a personas que habían trabajado en pro de la sociedad, y que las autoridades se consideraban obligadas a reconocer. No se ha movido nadie, por indicación del Fundador del Opus Dei, para que le concedieran distinciones de ningún orden. Insisto en que provenían del afecto y reconocimiento hacia su persona. Cuando llegaban estas concesiones de Gobiernos, de Ayuntamientos, o de otras corporaciones, las aceptaba, ofreciéndoselas al Señor, porque todo le pertenecía a Él. Y nos explicaba que muchas veces no podía renunciar, porque esa postura suya hubiese sentado quizá un mal precedente y un mal ejemplo para muchos hijos suyos y para muchas otras personas, en momentos en los que estaba en juego la condición jurídica de los fieles -sacerdotes y laicos- del Opus Dei.

Cuando era sacerdote joven y necesitaba incardinarse en Madrid, de acuerdo siempre con el Obispo de la diócesis, don Pedro Poveda le ofreció la posibilidad de ser Capellán Palatino. Este ofrecimiento venía precisamente de una persona que sufrió martirio por la Iglesia de Dios, y dio testimonio con su vida de un gran desprendimiento de las cosas terrenas. Después de escucharle, le preguntó inmediatamente qué deberes y derechos traía consigo ese nombramiento. Y don Pedro, con su habitual sencillez, le respondió que ninguno; únicamente, llevar una vestidura especial y utilizar ese título. Con la misma sencillez con que le hablaba don Pedro, le contestó rotundamente: no me interesa para nada, porque no quiero títulos ni honorificencias de ningún género, si no son para cumplir con más delicadeza mis deberes de sacerdote.

Ésta fue su postura ante las muestras de honor que recibió en su vida. Las acogía para mostrar su secularidad, es decir, su condición de sacerdote secular. Por otro lado, aceptó algunas dignidades civiles, para testimoniar la importancia de que no se niegue a los católicos lo que en justicia les corresponde como ciudadanos, por haber prestado un servicio al país, a la sociedad o a la ciencia.