No aceptaba nada personal

PREGUNTA: En este contexto, se comprende la rapidez con que reaccionaba ante cualquier manifestación, aun remota, de adulación, de servicio, de excepciones...

Recuerdo que en 1974, en una tertulia después del almuerzo, al regreso de su viaje por América, conté algunas anécdotas ocurridas durante esa catequesis. Como era inevitable referirse a su persona, procuró desviar la conversación. No me di cuenta de estar infringiendo su norma de no querer alabanzas, hasta que me indicó con firmeza llena de cariño: ¡por favor, te ruego que te calles!

Me siento obligado a advertir que, en lugar de pensar que nos estaba ayudando constantemente, consideraba que debía servirnos más. Por eso, muchas veces nos pedía sinceramente perdón por las molestias que originaba y por su poca ejemplaridad. Puedo asegurar que, al contrario, jamás ocasionó molestias, ni dejó de ser paradigma de cumplimiento del deber: su modo de actuar era una invitación permanente a buscar a Dios Nuestro Señor.

Hubo una temporada en que los médicos le prescribieron una taza de manzanilla antes de acostarse. Nos entregaban un pequeño termo, al terminar la cena, y todos los días se repetía la misma escena de forcejeo: nunca conseguimos llevar el termo a su habitación. Lo hacía personalmente, dándonos a entender que agradecía mucho nuestra solicitud filial, pero sin dejarse servir.

Cuando alguna persona le preguntaba qué regalos deseaba para sus días de fiesta, para los aniversarios de la Obra, contestaba invariablemente: mejora espiritual, sinceridad de vida para ayudar más en el desarrollo de la expansión apostólica, más oración, más mortificación. En 1950, con ocasión de sus bodas de plata sacerdotales, pidió como regalo oraciones por su fidelidad, por su correspondencia al Señor. Puntualizó también que, si alguien planteaba hacerle algún obsequio, le rogaba que fuese en ayuda económica para la extensión de la labor apostólica del Opus Dei.

Lo mismo se volvió a repetir en 1975, en las bodas de oro. Se habían preparado, de parte de todas sus hijas y todos sus hijos, un relicario para un lignum crucis, un cáliz y un copón. Cuando los vio, dijo que no se merecía absolutamente nada, que se sentía muy humillado ante las pruebas de la Bondad y de la Misericordia de Dios recibidas durante esos cincuenta años, a las que consideraba que había respondido con tan poca generosidad y con tan poco garbo. Añadió que aquellos objetos le llenaban de gozo, porque servirían para honrar y dar culto a Dios, porque -así nos lo expresó- para el Señor todo me parece poco, se merece el amor de toda la humanidad entera, y no le pagaremos como le debemos todos y cada uno de nosotros. Y como siempre, pasó aquella fiesta en oración, pidiendo perdón por su falta de correspondencia.

A veces, personas de distinta posición social, cuando le visitaban, querían hacerle limosnas y regalos. A todos comunicaba que no aceptaba nada personal: agradecía, en cambio, aportaciones económicas para extender el apostolado. Y les sugería que no dejasen de colaborar también con la diócesis y la parroquia, y de atender a los pobres a los que pudiesen llegar: si no estaban en condiciones de ofrecer esas ayudas, prefería que no entregasen dinero para la Obra.