¿Culto a la personalidad?
PREGUNTA: He dudado en plantear el tema siguiente, porque me parece descabellado, más aún después de las escenas que acaban de ser descritas. Pero uno de esos tópicos repetidos sin rigor crítico invoca el "culto a la personalidad", como si el Fundador hubiera aplastado a los demás, ejercitando el gobierno de modo personal, y demostrándose intolerante hacia cualquier crítica o no respetando la libertad de conciencia.
Carece de todo fundamento: a lo largo de los años, he podido contemplar que no buscó ni el aplauso ni un desordenado amor de la gente hacia su persona. Desde luego, deseaba que los miembros de la Obra estuviesen unidos al que hacía cabeza, para vivir mejor su camino hacia Dios; pero, al mismo tiempo, demostraba que el agradecimiento, el trabajo y el afecto había que dirigirlos al Señor. Naturalmente, como vivía en una familia, recibía el cariño, el respeto y la veneración de todos los miembros del Opus Dei, pero sin tolerar que fuese un culto a su persona o una adulación, dejando bien claro que no buscaba ningún aplauso terreno, ni siquiera de parte de sus hijos.
Los miembros del Opus Dei, para saludar al Fundador, hacia quien sentían verdadero cariño y veneración, procuraban besarle la mano. Sin que le molestase ese gesto, entre otras cosas porque así estaba previsto para quien ocupase el cargo de Padre en el Opus Dei, con frecuencia nos aclaraba, mientras escondía las manos en los bolsillos: ¡besa el crucifijo, y saldrás ganando!
Nunca quiso ser el centro del apostolado, de las reuniones, de la conversación. De ahí, su confianza en los demás, sin revisar constantemente el trabajo que realizaban, reconociéndoles mayoría de edad. Y esto, a la vez, sin desentenderse de su propia responsabilidad, porque sabía pedir cuenta, a su hora, y corregir si era necesario. Recuerdo, a este propósito, entre otros muchos episodios, que hubo de hacer una advertencia a las Directoras centrales. Al terminar, cuando se marchaba del lugar de la reunión, una de ellas expresó: "Padre, perdone porque le hemos disgustado". Reaccionó inmediatamente: no me habéis disgustado. ¡Hijas mías!, estoy persuadido de que cada una de vosotras se esfuerza en trabajar con perfección. Además, cuando hay algo que no está bien, no penséis en que me disgusto. Enseguida razono, porque veo mis defectos y mis miserias: Señor, Tú eres mi Padre, aquí estoy. Teniendo en cuenta la distancia infinita, así procuro comportarme con vosotras: soy vuestro Padre, y lo único que me mueve es el interés y el cariño para que seáis santas, felices, también aquí en la tierra, con el cumplimiento del deber.
Nos insistía machaconamente en que jamás debíamos actuar por agradarle, sino única y exclusivamente por amor a Dios, a Quien deberíamos dar razón de toda nuestra existencia, tanto durante la vida como en el momento definitivo de rendirle cuentas. Nos aseguraba: si hacéis algo por agradarme, habéis perdido miserablemente el tiempo: ¡sólo por Dios!
Afirmaba tajantemente: no quiero para mí el cariño de nadie, si es tapadera para alejarse de Dios, para no unirse más al Señor, para justificarse en posturas que tengan sólo una salida humana. A este respecto, cuando alguno abandonaba su camino vocacional y le comunicaba que le quería mucho y le estaba muy agradecido, comentaba: agradezco ese cariño, pero me causa más dolor, porque lo que me importa es que quiera a Dios y no le deje. Prefiero rotundamente que no me quiera a mí y quiera al Señor con todas las veras de su alma.
Nunca ejercitó el gobierno de un modo personal. Ya he mencionado que, con objeto de no coaccionar a los que intervenían en los asuntos, jamás daba su parecer en primer lugar, para que pudieran opinar con absoluta libertad. Escuchaba a todos y la mayoría de las veces, cuando no se trataba de cuestiones fundacionales que afectaban a la esencia o al espíritu del Opus Dei, decidía con la mayoría de los que habían intervenido. Cuando por una aparente delicadeza o porque no resolvíamos asuntos de nuestra competencia, se los planteábamos, nos respondía que no le hiciésemos un tirano y que le ayudásemos en el gobierno, asumiendo con completa responsabilidad personal la carga que nos correspondía.