Un pecador que ama a Jesucristo

PREGUNTA: Otro contraste en la vida de Mons. Escrivá de Balaguer aparece tal vez en esa doble faceta de saberse responsable -como Fundador del Opus Dei- de la santidad y de la eficacia apostólica de sus hijos y, a la vez, de sentirse apoyado y sostenido por ellos, comenzando, claro está, por los dos Custodes.

Cuando presentó a la Santa Sede la disposición de los Estatutos relativa a sus Custodes, quisieron suprimirla: alegaban que no era ni había sido costumbre que al Superior se le hiciesen correcciones. El Fundador no cedió: si los demás, en la Iglesia y en el Opus Dei, tienen esa fortuna inmensa de que se ocupen de sus almas, y les ayuden a ser mejores, ¿por qué quieren privar, al desgraciado que tiene la obligación de llevar el peso de la dirección, de ese medio tan formidable, para santificarse y realizar su tarea con la perfección cristiana debida? Ante la fuerza de esos argumentos, la Sede Apostólica accedió a que hubiera dos personas encargadas de advertir al Presidente General de cuanto considerasen oportuno para el bien de su alma.

Le resultaba espontáneo agradecer nuestra ayuda, incluso públicamente. A veces, bromeaba con cariño: no me dejan pasar ni una, tienen una lengua muy larga y son unos descarados, pero jamás les agradeceré suficientemente la ayuda que me prestan.

En 1973, mientras despachaba la correspondencia, vi que se detenía durante unos segundos, con una carta en la mano, y la mirada recogida. Le pregunté: "Padre, ¿está 'impensierito'?". Me contestó en el acto: no seas ingenuo, estoy pensando en quién soy yo, para que la gente me quiera.

He presenciado la siguiente escena, con varios que acababan de pedir la admisión en el Opus Dei. El Fundador, para animarles a luchar, les preguntaba ante una fotografía suya de cuando era muchacho: ¿verdad que a una persona con esa cara, tú no le hubieras admitido en el Opus Dei? Aquellos chicos, que no sabían que se trataba de su imagen, reaccionaban con comprensible desconcierto, pues no acababan de entender el motivo. El se lo aclaraba: ése que ves ahí, con cara de simple, soy yo. En Roma, en una tertulia con el Consejo General, el 5 de abril de 1975, dos meses antes de su marcha al Cielo, nos confiaba: os preguntarán cómo era el Padre. Os voy a dar la respuesta: ¿el Padre? Un pecador que ama a Jesucristo, que no acaba de aprender las lecciones que Dios le da. Un bobo muy grande. Esto era el Padre; decidlo a los que os pregunten, que os lo preguntarán.

En las fiestas, o cuando se recibía noticia de que marchaba muy bien la labor apostólica, y nos congratulábamos con él, repetía, convencido, el refrán italiano: "il sangue del soldato fa grande il capitano". Estaba persuadido de que todo lo hacía Dios, con la correspondencia de sus hijos. No se le ocultaba la bendición divina tan evidente que recibía la Obra, por el número de miembros y por la extensión de la labor. Pero ante esas realidades, confesaba: soy un pobre pecador que vive entre santos.