La práctica de la humildad

PREGUNTA: Me quedó muy grabada la alusión a Cervantes en la catedral de Pamplona. Celebraba la Misa Mons. Escrivá de Balaguer el 26 de octubre de 1960. En la homilía se refirió a que amaba nuestros defectos, cuando luchamos por quitarlos, porque son un motivo de humildad, y ha dicho aquél que es el primer literato de Castilla que la humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, y sin ella no hay ninguna que lo sea. Santa Teresa advertía con reciedumbre que "la humildad es andar en verdad". En el Siglo de Oro español -lo confirma la lectura de Quevedo-, no resultaba insólito confundir la humildad con sus caricaturas gazmoñas o apocadas.

Hoy como ayer, cumplir los propios deberes comporta riesgos, que es preciso asumir con gallardía: la autenticidad tal vez parezca arrogancia, ambición o vanidad, sobre todo, en quien ocupa una posición social preeminente, resplandece en liderazgo o -en cualquier caso- pugna por conseguir un merecido prestigio profesional. Pero esos deberes son a veces derechos irrenunciables: falta de humildad -engañosa injusticia- sería no ejercitarlos, aun a costa de malentendidos.

Con su vida y su predicación -dirigida sobre todo a los laicos, a la gente corriente que trabaja en su profesión-, Mons. Escrivá de Balaguer ha dibujado con trazos originales la práctica de la humildad. Esos rasgos específicos, aunque hondamente fundamentados, estuvieron -pienso- en el origen de algunas incomprensiones.

El Fundador del Opus Dei nos enseñó a cumplir el deber con humildad, y sin importarnos el qué dirán. Repetía que los católicos tenemos obligación de ejercitar los derechos, evitando que, por dejaciones irresponsables, se pierdan o desdibujen atribuciones necesarias para la vida de la Iglesia y de cada uno de sus miembros, que no son ciudadanos de segunda clase. Comentaba que a veces es más difícil ejercitar un derecho que cumplir un deber: os lo digo por propia experiencia; pero esas dificultades no nos pueden hacer caer en la irresponsabilidad.

No confundió jamás la modestia con la pusilanimidad, y mucho menos con la cobardía. Rechazó de plano la bondadosidad -acuñó este neologismo- de quienes dejan de cumplir el deber por miedo al qué dirán, a las críticas, o a los respetos humanos. Enseñaba que esa sencillez exige no poner obstáculos al Señor. Nos lo subrayaba en 1973: la humildad no es gazmoñería: el que es humilde de verdad, precisamente porque cuenta con Dios, es capaz de las empresas más difíciles, venciéndose a sí mismo.

En el ejercicio de su actividad pastoral, en la fundación, en la expansión y en el gobierno del Opus Dei, jamás adoptó una postura vanidosa por sus dotes personales o por los éxitos conseguidos. Nunca se vanaglorió de las realizaciones apostólicas que -con sus directrices- se alcanzaban en los distintos países. Desde joven meditó e incorporó a su vida el lema Deo omnis gloria!, que le gustaba traducir libremente: ¡que sólo Él se luzca!

Cuando se le felicitaba por alguna labor o trabajo apostólico de los miembros del Opus Dei, reaccionaba con prontitud: ¡las gracias, a Dios! Y se llenaba de vergüenza, porque estaba convencido de que personalmente no servía para nada. Repitió hasta el último día que era un instrumento inepto y sordo; y que había sido un freno y una traba a la acción divina. Además, pedía perdón al Señor, también en público, por su falta de correspondencia.

Recuerdo que en Caracas, el año 1974, alguien hizo un comentario de ese tipo; replicó con una queja y una petición: ¡no me digas estas cosas! Hijo mío, es mejor que me cojas a solas y me digas: Padre, operibus credite!, dénos buen ejemplo en todo, pórtese mejor en esto, y en lo otro. Fíjate en tantos detalles que no hago bien, y me los recuerdas al oído. Y Dios te lo pagará, y yo te quedaré muy reconocido.

Utilizaba la comparación de que, ante una obra de arte, se alaba al artista, mientras que el pincel se abandona o se olvida, cumplida su misión: nosotros no somos más que un pincel, ¡un pobre pincel!, con el que el Señor por su Misericordia y por su Omnipotencia infinita se digna hacer cosas grandes; o convierte las cosas pequeñas en tareas importantes por el infinito valor de la gracia.

En junio de 1974 se expresaba así: cuando el Señor permita que seáis bandera que arrastre, que atraiga, que sea un punto de referencia, no olvidéis que esa bandera está agitada en lo alto por un brazo poderoso que la sostiene, o ha sido levantada hasta lo más alto del mástil por brazos fuertes. La bandera es un trapo, un símbolo, pero si cae, se convierte en un trapo sucio, y con la porquería no se ven los colores. ¿Cómo podremos ser soberbios, si es Dios quien nos sostiene y nosotros solos no somos capaces de nada?

Todos comprobábamos que su corazón enamorado no conocía de pausas ni acostumbramientos. Al mismo tiempo, como un estribillo, se pasmaba de que Dios le hubiese escogido: sólo encuentro una explicación, cuando pienso en que el Señor para hacer esta extensión de su amor por el mundo ha escogido a un pobre pingajo como soy yo: que se vea claramente que es Él quien ha hecho todo y que Él es el Amor sin tasa, que se entrega a todos los hombres sin discriminación alguna.