Laboriosidad incansable

PREGUNTA: En definitiva, con esa laboriosidad incansable no buscaba la eficacia humana -lejos de toda moral del éxito-, sino la gloria de Dios.

En las tareas ordinarias de la dirección del Opus Dei, nos enseñaba a trabajar materialmente bien en cuanto a la presentación y a la claridad de la redacción; pero, sobre todo, nos exigía el esfuerzo por unirnos a Dios: si no luchamos para identificarnos con el Señor en las tareas que nos ocupan, estamos perdiendo el tiempo lamentablemente.

Alguna vez, evocó su estado de ánimo ante los exámenes, en su época de estudiante; trataba de infundir confianza a quienes se encontraban en aprietos parecidos: mira, yo me he examinado muchas más veces que tú, y te digo que ¡tranquilo!, lo que se dice tranquilo, no iba nunca. Iba en cambio muy sereno, porque había rectificado la intención. Con eso basta.

Su anhelo de la vida eterna dominaba sus acciones y aspiraciones, y resultaba evidente en sus conversaciones, en sus trabajos, en su predicación y en sus consejos. Muchas de las jornadas terminaban con la consideración de que debíamos estar muy unidos a Dios, para gozarle aquí en la tierra y poseerle íntimamente en la vida eterna. Al concluir un día de 1956, nos insistía: non habemus hinc manentem civitatem!... ["no tenemos aquí ciudad permanente": cfr. Hebreos 13,14] Por eso, hemos de tener urgencia en santificarnos cada día, porque el tiempo se nos escapa, y estamos llamados a habitar en la Ciudad celestial.