Nunca he hecho lo que he querido

PREGUNTA: ¿Y en otros viajes anteriores, por ejemplo, dentro de Europa?

A partir de 1956, año en el que le comencé a acompañar, comprobé que el régimen de los viajes era francamente agotador, tanto que yo, con treinta años menos, solía quedar exhausto, y harto del coche. En cambio, Mons. Escrivá de Balaguer comenzaba a trabajar inmediatamente, aun después de ocho o diez horas de trayecto. Atendía a todos, buscaba la manera de servirles, se planteaba los horarios para el día siguiente, no retrasaba las normas de piedad y era quien mantenía el ambiente de alegría sobrenatural y humana.

Viajaba exclusivamente por necesidades del apostolado. En 1966, tuve ocasión de acompañarle a Grecia. Se proponía estudiar el posible comienzo de la labor apostólica de la Obra en aquel país. Durante los días que permanecimos allí, no hizo ningún tipo de turismo. Nos acompañaba, llevando el coche, el arquitecto Javier Cotelo. Se encargó el Fundador de que viera las obras artísticas de Atenas, pero personalmente no acudió a aquellos lugares. Solamente transigió en dar un breve paseo alrededor del Partenón, sin entrar en ninguno de los monumentos. Durante aquellos días, estuvo constantemente pensando y hablando del futuro trabajo apostólico en aquel país, y del gobierno de la Obra en el mundo, para servir mejor a la Iglesia.

En 1974, no le apetecía nada marchar a América, a pesar de su afán por las almas, pues su agotamiento físico resultaba patente. Le bastó nuestra sugerencia, para aceptar el plan fijado. Nos abría su alma con sencillez: no tengo ninguna gana de hacer estos viajes; pero entiendo que son convenientes, también porque nunca he hecho lo que he querido, como me sucede ahora.