Anécdotas de descanso
PREGUNTA: Pero los Custodes se ocuparían de su descanso, al menos, de que reposase suficientemente por las noches.
Durante la mayor parte de su vida durmió menos de lo necesario. Tenía como costumbre levantarse en cuanto se despertaba, sin esperar a la hora prevista. De este modo, reducía el tiempo de sueño, y aumentaba su trabajo, y también su oración ante el Sagrario.
A partir de 1960, no le dejamos ya permanecer menos de siete horas y media en la cama, según la prescripción médica; como con frecuencia dormía poco, aprovechaba para hacer oración, considerar la actividad realizada durante el día y dar mayor eficacia a las resoluciones adoptadas, y para repasar ante el Señor las tareas pendientes. Tenía un bloc en la mesilla de noche, para tomar notas.
En 1968, los médicos le indicaron que permaneciese unas horas determinadas en la cama e insistieron en que, si una noche no dormía, retrasase la hora de levantarse. Un día, don Álvaro del Portillo me llamó para comunicarme un deseo del Fundador del Opus Dei: quería que, por las mañanas, cuando fuera a llamarle, no le preguntara cómo había descansado, para poder levantarse a la hora prevista, aunque no hubiese dormido. Don Álvaro me transmitió ese encargo, y después de pensarlo ambos delante de Dios, decidimos continuar con la norma indicada por los médicos, comunicándoselo así. Sólo entonces aceptó la decisión.
Nos preocupábamos, como es lógico, de su descanso. Viendo ese interés, que agradecía paternalmente, procuraba quitar importancia a su falta de sueño, que consideraba lógica por los años y por sus preocupaciones por la Iglesia y por las almas. En muchos casos, cuando le veíamos por la mañana, después de la meditación, y le preguntábamos si había descansado, para evitar responder que no había dormido, bromeaba: gracias, igualmente. Sólo si le insistíamos, para poder informar a los médicos, cuando su insuficiencia renal era más alarmante, nos comunicaba el dato exacto.
Únicamente recuerdo que transigiese con estar más tiempo de lo normal en la cama, durante su último viaje de catequesis en Venezuela y en América Central: acosado por el cansancio y la enfermedad, difícilmente se mantenía en pie. Le obligábamos a estar reposando, excepto en las horas fijadas para las reuniones. Hubiésemos preferido que no asistiese a tertulias con tanta gente, pero se negó, con el convencimiento de que era la última vez que se encontraría con sus hijas e hijos en aquellas tierras.