¡En la guerra, como en la guerra!

PREGUNTA: ¿No dedicaba entonces tiempo a distraerse?

En algunas ocasiones, salía con el coche a dar un pequeño paseo, mientras hablaba de los asuntos de la Obra con quienes le acompañaban. Se ocupaba así de la formación de los demás, y trataba de cuestiones de gobierno o de trabajo apostólico. Cuando en los años cincuenta, y ante la virulencia de algunas contradicciones, le aconsejaron desde la Santa Sede que no convenía que recibiera a nadie, limitó esas salidas a ir a alguna iglesia o Santuario; se hacía acompañar por quienes colaboraban en su labor de gobierno, o por alguno que estaba cansado, para distraerle. Durante muchas temporadas, se quedaba encerrado en casa, y rubricaba con buen humor: ¡en la guerra, como en la guerra!

También daba algún paseo durante los períodos de verano; le acompañábamos los Custodes y la persona que llevaba el coche. Su vida, como siempre, estaba a la vista: conocíamos el tiempo que dedicaba al sueño, y el que empleaba en la oración y en el trabajo. Leía, preparaba la extensión apostólica o escribía documentos para la formación de sus hijos; repasaba la doctrina del Magisterio, para aplicarla a la actividad apostólica de los miembros de la Obra.

De esas épocas, vienen a mi memoria las largas temporadas en Inglaterra estudiando la organización y puesta en marcha de la Universidad de Navarra, como deseaba la Santa Sede; consultó y consideró -también de visu- el sistema universitario anglosajón, con objeto de consolidar ese Centro con más eficacia. También planeó la labor en África y en Oriente.

Aprovechaba para hacer romerías marianas y visitas a Santuarios e iglesias, donde rezaba por la Iglesia, el Concilio, la Jerarquía y, como es lógico, por la labor del Opus Dei en el mundo.

No se dedicaba al turismo, ni acudía a los templos para apreciar el arte. Sin embargo, cuando iba a estos lugares, por su gran capacidad de observación, advertía detalles aprovechables para la construcción o la decoración. Rezaba, y tomaba luego nota de lo que había descubierto.

De ordinario tampoco iba a los museos. Era apasionado del arte y le hubiera gustado entrar; no lo hacía porque pensaba que no le quedaba tiempo para eso y porque supondría gastar dinero en sus aficiones personales. Cedió a veces cuando acompañó a algún hijo suyo que hacía esa visita por motivos profesionales o de salud. Sólo recuerdo una excepción: cuando estuvo en Londres, acudió al Museo Victoria y Albert, buscando detalles para la decoración de oratorios y la confección de ornamentos.