Guerra a los naipes
PREGUNTA: Para mí -y pienso que para muchos-, fue un descubrimiento inesperado la enseñanza del Fundador del Opus Dei sobre la vida oculta y escondida de Jesús, sobre su trabajo corriente en medio de los hombres. Esta doctrina, lógicamente, aporta un realce extraordinario a la virtud de la laboriosidad.
He oído a personas muy relevantes de la Curia Romana que habían comprendido en gran parte la santificación del trabajo ordinario, como finalidad del Opus Dei, al ver cómo presentaba el Fundador la documentación necesaria a los Dicasterios de la Santa Sede.
Nunca puso límites a su tiempo: estaba plenamente disponible, en cualquier momento del día, para su tarea de gobierno. Sin embargo, fijó un horario de oficina, suficientemente elástico para que -en circunstancias de mayor urgencia- se pudiera atender un volumen superior de trabajo, si se presentaba.
Cada día, al acabar la Liturgia de las Horas, afrontaba los asuntos de despacho. Su característica más importante era la presencia de Dios con que lo realizaba, viendo -detrás de cada línea y de cada cuestión- almas a las que ayudar. Por eso, nunca leía en diagonal los papeles que le llegaban. Los seguía con atención y diligencia sabiéndose responsable ante Dios de las decisiones.
Al finalizar el despacho, atendía el correo. Recibía muchas cartas personales y otras con documentos de gobierno, procedentes de las distintas naciones. Le ayudábamos habitualmente Mons. Álvaro del Portillo y yo.
En algunas de las consultas, escribía la mente de la respuesta. No lo hacía de modo habitual, precisamente porque tenía mucha confianza en sus colaboradores, y porque pensaba que ocupaban esos cargos por Voluntad de Dios, para ayudarle en la dirección del Opus Dei. Fomentaba de este modo la responsabilidad de cada uno, en la más absoluta libertad, para enfocar y resolver los pequeños y grandes problemas que pudieran presentarse.
Terminadas estas ocupaciones, atendía a las visitas, muy numerosas, que buscaban su consejo, o sencillamente palabras de aliento, de cariño y de orientación. Como solicitaban ser recibidas muchas personas, había establecido una duración. Por eso, al cabo de diez minutos, entrábamos a avisarle de que había transcurrido el tiempo, y se sujetaba fielmente a ese horario.
Cuando consideraba que era necesario más espacio, para tratar los temas que le habían expuesto, nos rogaba que -si no suponía un desorden para otros- le dejásemos un poco más, o bien organizaba otra cita para más adelante, si era posible. Si no, cortaba a la hora fijada, dando la bendición y despidiéndose amablemente.
Subrayaba, como he apuntado antes, la necesidad de amar al Señor en todas las circunstancias: llenar el tiempo, hijos míos, no es aprovechar el tiempo. Muchas veces nos pueden decir: ¡cuánto has trabajado hoy! Y, sin embargo, tenemos conciencia plena de que aquel día sólo hemos llenado el tiempo, sin aprovecharlo para Dios, porque nos ha faltado la finura de amor con que debíamos haberle ofrecido toda esa jornada. Exhortaba a realizar el trabajo acabadamente por amor a Dios y pensando en Él. En 1966 nos aconsejaba: a Dios no se le puede dar una cosa mal hecha. Dentro de nuestras debilidades personales, hemos de procurar hacer lo mejor posible todo lo que esté en nuestras manos. Este es el gran secreto divino para dar sentido sobrenatural y eficacia a nuestra vida corriente.
Ese compromiso de amor le llevaba a dedicarle celosamente la jornada entera, sin buscarse ratos de ocio. En 1956, nos aclaraba: cuando a alguno en el Opus Dei -aunque lleve sólo pocos meses en la Obra- le queda tiempo libre, ya puede tener la seguridad de que no cumple su deber. Ésta es precisamente la tortura gozosa de todos mis hijos: llegar al examen de la noche con la pena de no haber podido atender todo el trabajo que tenían pendiente.
Predicó desde su juventud que es necesario aprovechar el tiempo, porque es de Dios y para Dios. Añadía que le causaban tristeza las personas que "matan el tiempo", descuidando tareas de las que podrían obtener una utilidad para el servicio del Señor y de las almas; también le apenaban los que pasaban horas en la ventana, mirando lo que ocurría en el exterior. Batalló siempre contra los que llamaba ventaneros, y proclamaba que en el Opus Dei no puede haber ninguna persona ventanera.
Ya en sus años de seminarista, fue intransigente consigo mismo sobre los juegos de azar y las partidas de naipes. No era aficionado a los deportes, que tampoco eran muy normales en aquella época; de otra parte, se daba cuenta de que ganar o perder tenía poca importancia: lo que interesa es ayudar a los demás a distraerse. Solamente sabía jugar al tresillo, porque lo había aprendido en casa de sus padres. Sin embargo, cuando emprendió su camino sacerdotal -manifestaba años después-, declaró la guerra a los naipes.