Elitismo en el Opus Dei

PREGUNTA: En la exigencia del prestigio profesional, se apoyaría el reproche de elitismo dirigido en ocasiones a Mons. Escrivá de Balaguer, dando a entender así que sólo buscaba para el Opus Dei a personas de condiciones destacadas.

Muy en la cabeza tenía quiénes no debían ser admitidos, salvo que cambiasen: no caben los egoístas, ni los cobardes, ni los indiscretos, ni los pesimistas, ni los tibios, ni los tontos, ni los vagos, ni los tímidos, ni los frívolos; caben los enfermos, predilectos de Dios, y todos los que tengan el corazón grande, aunque hayan sido mayores sus flaquezas.

Al exigir que se trabajase, y se trabajase bien, no pretendía hacer un apostolado de elite, con exclusión de personas determinadas. Le he oído muchísimas veces que sólo con los muy inteligentes -todos sabios- no haríamos nada, ya que ocurre con no poca frecuencia que quienes gozan de dotes tan preclaras, viven fuera de la realidad. En cambio, reiteraba que la mayor parte serían talentos medios: hombres y mujeres corrientes que, con su esfuerzo en la práctica de la virtud y en el trabajo bien acabado, llegan a destacar y son útiles donde se encuentran, procurando animar, ayudar y dar ejemplo a los que tienen a su alrededor.

No se debe olvidar que, entre los primeros miembros del Opus Dei, hubo enfermos, y enfermos desahuciados. Soy también testigo de casos de personas con un pronóstico de vida limitado -meses, según los médicos-, que deseaban pedir la admisión en la Obra antes del diagnóstico, y luego se retraían pensando en su inutilidad. El Fundador les aclaraba que, si sentían la llamada divina, su aparente debilidad no era obstáculo, porque significaba un tesoro de fortaleza. Recuerdo que a una paralítica, que se angustiaba por la poca colaboración que podía prestar, totalmente inmóvil en la cama, dentro de una especie de moldura de yeso, Mons. Escrivá de Balaguer, sin conocer esa preocupación, la animó a ser fiel: ¡cuánto puedes moverte, sin moverte! También me consta su alegría por las innumerables vocaciones de campesinos o de obreros; o por las que surgían entre ciegos o sordos: el Fundador afirmaba que constituyen, con el ofrecimiento constante de sus limitaciones, verdaderas columnas que sustentan la labor de la Obra. Lo dejó bien claro a sus hijos: pensadlo bien, meditadlo y vividlo: ¡nos interesan todas las almas!; no hemos cerrado a nadie las puertas y tampoco el corazón. Por eso, en cualquier circunstancia, cuando un alma viene a uno de nosotros, hemos de pensar que tenemos obligación de que conozca, trate, ame y se identifique más con Nuestro Señor Jesucristo.

En su solicitud por las almas, insistía en que, llamándoles con diferentes nombres, se organizasen medios para instruir a personas de toda condición: pues también entre los intelectuales, entre gente de la más alta sociedad o de la burguesía, hay carencia de doctrina. Al hablar repetidamente de la urgencia de dar a conocer a Cristo, resonaban en su corazón las palabras del Maestro, que vino a la tierra ut omnes homines salvi fiant ["para salvar a todos los hombres"].

Por otro lado, no se puede dejar de señalar que, siguiendo precisamente las orientaciones del Fundador, los miembros del Opus Dei procuran formar y ayudar profesionalmente a cuantos están a su alrededor. De esta manera se realiza una auténtica promoción entre la gente con la que se convive, ya que se fomenta el sentido de responsabilidad, el hábito de trabajar con espíritu sobrenatural y la necesidad de acabar bien las tareas para ofrecerlas al Señor y servir lealmente a la sociedad.