Unión personal con DIos y eficacia apostólica
PREGUNTA: Por supuesto, la eficacia apostólica se hace depender de la unión personal con Dios.
En 1970 precisaba: no olvidéis que la caridad es fruto de la presencia de Dios: tiene mucha caridad el que se empeña en hablar continuamente con el Señor, porque el Señor le pondrá las palabras en la boca y le guiará para ayudar a sus hermanos, y a todos los que se le acerquen.
Muchas veces, en sus conversaciones confidenciales, nos descubría: cuando me quedo pensativo, no estoy sin hacer nada: por la gracia de Dios, me encuentro con la cabeza metida en tantas ocupaciones, para ver cómo podemos rendir más en el servicio del Señor, cómo podemos hacer que las almas le conozcan y le traten más.
Y nos recordaba que debíamos ofrecer nuestra oración y mortificación, el trabajo y los encargos, para que hubiese más vocaciones en la Iglesia, y en el Opus Dei. Por eso, como un estribillo de toda su vida, proclamaba: ¿queremos ser más?, ¡seamos mejores!
Su sola presencia era una llamada a la santidad, a la necesidad de ser fiel al Señor. Los éxitos, las labores apostólicas, las vocaciones, las conversiones de las almas, el trabajo cotidiano, la vida corriente, las contradicciones, el dolor físico y moral, la enfermedad..., es decir, todo lo que compone la existencia de una persona, adquiría, a su lado, el sentido y relieve verdaderos: el convencimiento de que el Señor está junto a nosotros, y cada uno ha de luchar -dejando la vida si es preciso- para caminar al lado de Dios.
Desde el fundamento de su filiación divina, practicó y enseñó a millares de almas la unidad de vida, que resumía como la necesidad y como el instinto sobrenatural de purificar todas las acciones elevándolas al orden de la gracia, de santificarlas y de convertirlas en instrumento de apostolado.