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Vale la pena

Ana Sastre Gallego
Telva (Madrid, 15-VII-1975)

«En el Opus Dei no tenemos miedo a la vida ni tenemos miedo a la muerte... », decía Monseñor Escrivá de Balaguer. «Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la Cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. No temáis... Este es el día que hizo el Señor: regocijémonos... Porque Cristo vive. Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravilloso. No. Cristo vive. Su resurrección nos revela que Cristo no abandona a los suyos...». Son frases firmes y apasionadas en el calor de sus homilías. 

Mi primer contacto con la Obra tuvo lugar en «Molinoviejo». Un lugar con sabor de antigua casona castellana perdido entre los pinos de Segovia. Allí empecé a entender esta maravillosa filigrana de amor divino y humano que ha entrelazado siempre el espíritu de Monseñor Escrivá de Balaguer. Porque la pulcritud y el sosiego, la luz abierta de todos los ventanales, el trabajo serio y exigente, la alegría del atardecer en una fraternidad que pasaba por encima de toda cuestión ideológica personal, son un impacto difícil de olvidar cuando se llevan en el alma los interrogantes y la voluntad de dar un rumbo serio a la vida. Y es que allí había una respuesta. Algo que incluía en un mismo orden de amor el trabajo de las empleadas del hogar que mantenían grata la estancia; el estudio concienzudo de quienes se preparaban para una tarea intelectual; la herramienta diaria y armónica de los jardineros; la profundidad teológica de quien hablaba de Dios. La exigencia interior de generosa, profunda y arriesgada fe que rezaba el repostero que campea sobre la misma entrada de la casa:

Por ser de amor el lance
di un ciego y oscuro salto
y volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance...».

Más tarde, en la Universidad de Navarra, fui testigo de la exigencia que comportaba su llamada a un cristianismo vivo, engranado en la tarea diaria de todas las condiciones y vocaciones que puede elegir la variada dedicación del ser humano. Pude comprobar el arrastre de su persona y de su doctrina, que era el Evangelio viejo y nuevo de siempre, era la fraternidad, el amor a la Iglesia, la entrañable e indiscutible obediencia al Papa, la formidable y sencilla teología de convertir en empresa apasionante y en amor ininterrumpido de Dios lo que, por desgaste de la humana condición, tiende a ser rutina y cansancio.

Cuando llegó la Virgen de la ermita, una talla de mármol que el Padre envió a la Universidad, puso, con el gesto de dignidad de la imagen, la rúbrica con que tantas veces firmara sus apostolados: la dedicación de todas las cosas al cuidado y protección de la Madre de Dios. Nunca he visto exenta de rosas la ermita de Pamplona. No conozco un centro de la Obra, ni un rincón, ni un ángulo desde el que no se vea, bajo una u otra advocación, la mirada amable e insustituible de la Madre del Amor Hermoso.

Cuando tuve la oportunidad de hablar con él sentí también la irresistible influencia de su alegría, de su vitalidad, de su empeño por rescatar para Dios todo lo grande y todo lo bello del mundo. Hablaba con el mismo entusiasmo del amor que debe presidir el matrimonio que de la responsabilidad de los maestros y profesores; de los jóvenes y de los viejos; de los enfermos y de los deportistas; de los sabios y de los ingenuos. Puedo decir que, después de charlar un rato con el Padre, el tirón de su santidad había elevado el alma por encima de dificultades y fatigas. Le había dado esa joven y rotunda confianza que respiran los puntos de «Camino»: algo breve, certero y sin preámbulos. Para llevar en el bolsillo del corazón por todos los caminos de la Tierra.

No hay en la vida del Opus Dei ningún cuidado del que no se haya ocupado personalmente. Desde las condiciones adecuadas de trabajo hasta los mínimos detalles entrañables que configuran el talante y la tradición de una familia grande y alegre.

Hasta el último momento, con la soberana libertad que le caracterizaba, estuvo hablando del amor, de los hijos que habían de llenar los hogares del mundo, de la unidad entre los hombres, de la comprensión con todos y para todos, del trabajo como único módulo de santidad en el Opus Dei.

Tal vez como Catalina de Siena, a quien admiraba profundamente, abrumado por el peso de la Iglesia, ha dejado su vida como última ofrenda al pie del altar. Como los primeros cristianos, había hecho para todos un lugar único de amor y reunión en la fracción del Pan. La Santa Misa es el centro sobre el que gravita toda la vida espiritual de la Obra. El Sagrario es la Presencia inconmovible sobre la que gira el vivir de cada día.

Ahora, a su alrededor, los mayores y los más pequeños, los que han dado ya la vuelta al mundo en un periplo de generosidad y los que inician el camino de su propia abnegación en servicio de los demás, tienen los ojos del alma puestos en ese Padre que acaba de abandonarla Tierra. Y saben que Dios dará a la Obra la hondura y extensión que quiso para ella y que el Fundador ha ganado a golpe de entrega y de santidad.

A pesar del dolor que nubla los ojos, se presiente ya la alegría que ha dejado como herencia. Una alegría que se ha expresado siempre en canciones que hablan de montes y senderos, de árboles y de mares, de trigos y de soles, y que son la afirmación gozosa de una fidelidad que ya les ha mostrado a todos con su vida y con su muerte.

En el frontal de una pared de la sede central de Roma se puede leer, repetido como un «rittornello»: «Vale la pena, vale la pena, vale la pena»...

Vale la pena. A pesar de las limitaciones personales que tan corta idea pueden dar de un gran espíritu; a pesar del cansancio y de la incomprensión de algunos; a pesar de los momentos de oscuridad... Vale la pena.

Nos han contado, con la rapidez con que se transmiten los detalles entrañables a través de una familia, la piedad con que el cuerpo del Padre estuvo expuesto en el Oratorio. Allí donde tantas veces hablara y rezara, frente al cuadro de Nuestra Señora de la Paz. Tiene la Virgen al Niño muy cerca, de pie. Y Jesús, en la mano, sostiene ingenuamente un pajarico.

Creo que el corazón del Padre, ahíto de amor y de sufrimiento por tantas cosas, ha roto su propia cárcel y vuela ya, con la ingravidez de lo infinito, desde el amor de sus hijos hasta las manos de Dios.

 

 
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