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Un mirador sobre la plaza de San Pedro

José Orlandis
Artículo publicado en la "Crónica de la beatificación" de Josemaría Escrivá

La plaza de San Pedro, el gran foro de la Cristiandad, ha llegado a ser un lugar familiar, no sólo para los millones de peregrinos que llegan a Roma de modo ininterrumpido, deseosos de venerar las tumbas de los Apóstoles, si no también para la gente del mundo entero que cada año, en las fiestas más solemnes del calendario cristiano, tienen posibilidad, sin moverse del hogar, de "asomarse" al célebre recinto a través de la ventana del televisor. El domingo 17 de mayo estuve una vez más en la plaza, ahora perdido entre la ingente muchedumbre que se había congregado para asistir a la beatificación. Sería inútil intentar describir la belleza de la solemne liturgia o la magnitud de la participación popular. El testimonio gráfico es mucho más elocuente que cuanto pudiera describir la pluma mejor cortada. Pero hay algo que no reflejan las imágenes, por expresivas que sean, y eso es, justamente, lo que desearía recoger aquí: lo que un testigo como yo pensaba y sentía en aquellos momentos, lo que otros muchos podían igualmente pensar y sentir.

He de reconocer que, mientras se desarrollaba la ceremonia, recuerdos y emociones muy diversas fueron adueñándose de mi mente y mi corazón. Me conmovía ver elevado a los altares, en aquel grandioso escenario, a un hombre de Dios a quien conocí y traté durante muchos años y que cuando vivió en la Tierra tuvo como norma constante de conducta, en su trabajo al servicio de la Iglesia y de todos los hombres, la de "ocultarse y desaparecer", como el grano de trigo que, si no muere, queda infecundo (vid. Jn 17, 24). Pero me impresionaba todavía más ver otra vez hechas realidad, en la empresa apostólica a que consagró su vida, las parábolas evangélicas que hablan del grano de mostaza destinado a convertirse en árbol, y de la levadura capaz de transformar toda la masa.

Porque debo decir al lector que cuando le conocí, hace más de medio siglo, el nuevo Beato era un sacerdote de sólo treinta y siete años, y del Opus Dei apenas formaban parte una docena de jóvenes universitarios. En 1975, cuando Dios le llamó a la vida eterna, la Obra contaba con sesenta mil miembros y se hallaba extendida por toda la redondez de la tierra. Ahora, la multitud que llenaba la plaza era signo visible de que el Opus Dei es realmente "Obra de Dios", y que el Señor encontró en Josemaría el instrumento fidelísimo que necesitaba para realizarla. Para manifestar su alegría se habían congregado tantos miles de hombres y mujeres, de las más diversas razas, lenguas y condiciones; los unos miembros de la Obra, los otros no. Todos deseaban además expresar su gratitud al Beato Josemaría, porque su fiel correspondencia al querer de Dios había abierto, también para ellos, "los caminos divinos de la Tierra": tantos caminos como situaciones humanas, por los que todos los hombres, sin salirse del mundo, pueden vivir con plena coherencia cristiana y convertirse en discípulos de Jesucristo. Aquella muchedumbre, en suma, me pareció como una encarnación tangible de la doctrina de la vocación universal a la santidad, de la que fue adelantado Josemaría Escrivá de Balaguer.

Pero mientras la ceremonia seguía su curso, no pude evitar que los ojos se me fueran más allá del arco que forma la Columnata del Bernini, hacia un edificio desde el cual el Beato Josemaría contempló muchas veces la plaza de San Pedro. Dentro de pocas semanas se cumplirán cuarenta y seis años de unas jornadas muy señaladas en la existencia del nuevo Beato, y que para mí resultan inolvidables porque tuve la suerte de vivirlas cerca de él. El 23 de junio de 1946, al caer la noche, Josemaría Escrivá llegó por primera vez a Roma, después de un viaje de cinco días iniciado en Madrid el miércoles 19, y que para él, gravemente enfermo de diabetes, resultó agotador. Razones de mucho peso, relacionadas con la aprobación del Opus Dei por la Santa Sede, le habían movido a ponerse en camino en tan precarias condiciones. En la Urbe romana quiso la Providencia que su domicilio fuese un pequeño "apartamento" en la última planta de una casa de la plaza de la Città Leonina, que es como un anejo de la de San Pedro. El piso tenía un mirador o galería que daba de frente a la Basílica y a los Palacios pontificios.

A esa galería se asomó, apenas llegado a Roma, el Beato Josemaría Escrivá para contemplar desde lo alto la gran plaza; se asomó y no quiso ya retirarse. Allí, rendido de cansancio, pero sin concederse siquiera unas horas de descanso, pasó en oración su primera noche romana. La plaza estaba vacía y silenciosa y la plegaria del fundador de la Obra subió hasta la presencia de Dios, ante la basílica que alberga las reliquias del príncipe de los Apóstoles y la mole del Vaticano, residencia del sucesor de Pedro y Vicario de Cristo. Esa fue la "vela de armas" del Beato Josemaría, como un "bautismo" de la romanidad que iba a marcar definitivamente su vida. Porque en Roma pasaría el resto de sus días y allí le llamó el Señor, casi treinta años después, el 26 de junio de 1975.

Me hubiera gustado asomarme al mirador del edificio de la Città Leonina, para observar desde allí, desbordante de gente, la misma plaza de San Pedro que el Beato Josemaría de Escrivá vio desierta y oscura en la noche del 23 al 24 de junio de 1946. Desde entonces han pasado casi cuarenta y seis años: un período muy breve para la historia del mundo, de la Iglesia y del Opus Dei; pero un capítulo que comprende páginas muy hermosas de la vida de aquel "siervo bueno y fiel", que nunca se consideró otra cosa que "un pecador que ama con locura a Jesucristo".

 
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